jueves, 19 de febrero de 2009

Compañero de cordada




A varios cientos de metros de altura, lo único que te ata a la vida es un fino cordón umbilical de fibras sintéticas de sesenta metros de longitud. En el otro extremo, tu compañero de cordada. De él pende tu vida y de ti depende la suya. La confianza ha de ser total. En el momento de coser un seguro, la soledad es absoluta pero nunca se deja de sentir el estrechísimo vínculo de diez milímetros de diámetro que os une. Él debe conocer en cada momento tu situación, intuirla simplemente mediante la tensión de la cuerda y sus movimientos, aún sin verte; saber cuándo debe darte cuerda para progresar, evitando así que lastres con ella y tire de ti hacia abajo, si debe retener porque has caído o vas a hacerlo, si ha de recoger porque has superado un seguro o soltar lo suficiente para permitirte poner el último. Es éste un momento delicado: introduces un “friend” (curioso y apropiado nombre) o un empotrador en una fisura y mediante un corto pero enérgico tirón demandas cuerda a tu compañero de cordada; en ese instante tendrás varios metros de cuerda libre hasta el siguiente seguro, que pueden multiplicarse varias veces en función de la que necesites para llegar a pasarla por el mosquetón, de la elasticidad de la propia cuerda y de tu peso junto al del equipo que cargues. Todo ello teniendo en cuenta que el seguro aguante, lo cual no siempre ocurre.
En estas circunstancias la confianza a depositar en tu compañero de cordada debe ser plena, sin fisuras, total y absoluta. En cuanto aparece la más mínima duda, la escalada se malogra. No serás capaz de superar en condiciones aceptables un paso comprometido, la adrenalina se desbordará en tu torrente sanguíneo por encima de niveles admisibles, te bloquearás y el miedo podrá instalarse en tu mente haciendo insegura e incómoda la escalada. Llegarás a preguntarte qué coño haces ahí arriba. Nunca se descarta una caída, y en caso de accidente ambos os encontraréis en apuros.

La unidad básica de combate es el binomio. De nuevo, este vínculo os mantendrá vivos. El velará por ti, tu por él. Cubrirá con fuego tus avances, se mantendrá despierto, acechante mientras intentas descansar, abrirá bien los ojos y agudizará los sentidos en terreno hostil. No sois dos, sino uno. Sin él, estás muerto, sin ti, su supervivencia es casi imposible. Compartís alimento, agua, lecho, miedos, penurias, penas, alegrías y confidencias.
Otra vez es necesaria la más absoluta de las confianzas. Si ésta desaparece o se quiebra, olvídate de sobrevivir: habrá desaparecido la mitad de un todo que te mantenía en el mundo.

Por eso, amigo, no puedo permitirme el lujo de escalar grandes vías o entrar en combate en esta vida al lado de un compañero de cordada o un binomio en el que no pueda depositar mi confianza más firme. Lo mismo debo esperar de él: si no merezco la suya, jamás podremos escalar o combatir juntos. Si lo hacemos, estaremos ambos en grave peligro.