
Camina despacito por la senda empedrada, la misma por donde en otra época condujese a Belmonte con los serones cargados, de regreso del huerto. Hace ahora el camino solo, ya ni siquiera cuenta con la compañía de Campeón en sus paseos. Campeón murió el año pasado por estas fechas. Hará dos meses su nieto vino desde Madrid a visitarlo, llegó con un cachorro de labrador, un perro hace mucha compañía, dijo. Para estupor de su descendiente, rehusó el can sin más explicaciones que la negativa. Me sobrevivirá, razonó, no puedo ni pensar la pena del animal cuando se quede solo.
Recordó la oscura congoja de aquel que acogió cuando, aún joven, trabajaba en el cementerio de Navahermosa. Había enterrado a un paisano hacía un par de días, y desde entonces el perro no se había movido en ningún momento de al lado de la tumba. Jamás volvió a ver un desamparo tan sombrío como el que los ojos del animal reflejaban. Que pensaría el perro. Hasta dónde alcanzaría su tristeza. Apenas lambeaba un poco la escudilla y bebía algo de agua, volvía a su pena negra, mirando la lápida, vislumbrando que no alcanzaba a comprender. Puede ser que no entendiera el por qué de la ausencia, la razón del abandono. Bien puede ser que, comprendiendo, se estuviese abandonando. Una tarde, después de recoger los aperos, el animal le siguió hasta la casa.
-No quiero perros en casa -dijo la mujer.
-Este perro se queda.
-¿Qué clase de mosca te ha picado?
-Se queda conmigo. Nunca vi una soledad igual.
-¿Qué?
-Nada.
-Tú siempre con tus jilipolleces, que me tienes más que harta. Anda y haz lo que te venga en gana. Desgraciao.
Vivió un par de años más, debía ser ya viejo o quizá fue la tristeza quien se lo llevó; en el tiempo que vivió jamás se le oyó ladrar, gruñir o mover el rabo. Tumbado junto al hogar con la cabeza sobre las patas, sólo miraba el fuego y resoplaba, el mismo perfil todas las noches proyectado en la pared por el fanal encendido. Era su resuello un suspiro capaz de fundir un alma de acero. Todos los días salía con el sol y regresaba al ocaso. Iba al cementerio.
La mujer murió, apareció Campeón. Después del entierro, más abatido por una culpa nacida de la falta de un sentimiento que por la tristeza en si, caminaba por esta misma calzada, dicen que de la época de los romanos, dónde, mozo, la había conocido. Al detenerse junto a la fuente para calmar la sed, sintió la mirada del perro en la cerviz. Advirtieron lo mismo el uno en los ojos del otro. Los del perro hablaban. Bebieron, el animal de la pila y el hombre del caño. Se sentaron. Lloró. Era la suya una soledad antigua, la pesadumbre eterna de quien ha vivido otra existencia. Fuera de su espacio, siempre, espíritu sublime entre sobrevivientes, hálito contenido. No le afligía la muerte de la mujer, qué coño sacarás de esos libros y de estar todo el santo día viendo las nubes pasar, más me hubiese valido casarme con el hijo del boticario, mira que me requería, y mírame ahora, desgraciao. Se dolía de un desconsuelo añejo. Supo que el perro estaba allí para seguirlo y quedarse con él, como fue. Junto a la fuente, se vio en los ojos del animal, que asistió a su llanto, callado, imponente el porte, herencia de una raza, mirándolo sin compasión ni condescendencia, es lo que menos el hombre persigue, y si lo quiere no lo necesita. Fue su compañero: yo te comprendo, amigo, no tengo en los ojos la venda de tus congéneres, nada me estorba la vista, déjame errar contigo por la senda empedrada, no tengo nombre. Sin decir palabra, acompáñame, dijo el hombre.
-Imponente animal, ¿Cuál es su nombre?
-Campeón -respondió, por no mentar a un dios. Jamás hubo de llamarlo de forma alguna, nunca precisó ser nombrado.
Pero ahora todo da igual, lo que queda es nada. Camina sereno apoyando el bastón en los adoquines más estables, con mucho tiento, pisando en firme, no vaya a caer aquí, vete a saber cuanto tiempo podría estar en el suelo hasta que pase cualquier alma que pueda socorrerme. Cae la tarde, hace rato que el Sol ha desaparecido tras las montañas, espero alcanzar las luces del pueblo antes de que cierre la noche.
Al llegar a la fuente se detiene y, mirando atrás, ve los últimos rayos de sangre reflejados en las nubes que los picachos desvencijan. La luz del día que muere se refleja en sus ojos anegados por las lágrimas. Se sienta en el brocal, apoya las manos en el bastón y sobre ellas la barbilla. Mira atrás y no piensa nada. Para qué. Mirar hacia atrás: delante no hay nada.
Aparece entonces el perro sobre la peña en penumbra y lo mira. Su silueta apenas se recorta contra la última luz de un cielo que se va cuajando de estrellas. Sus ojos hablan un lenguaje cósmico. Eleva el hocico a la Luna y aúlla una oración universal capaz de silenciar al mundo.
Mañana lo encontrarán como está, sentado junto al surtidor que ya no manará mas, qué extraño fenómeno habrá desviado el venero, el perro parece muerto también, si, está muerto. No comprenden, pero no hay desconcierto tampoco. Nunca entendieron. Ya no entenderán. No quieren. Para que.
No saben que camina junto al perro y el horizonte no existe.
Enrique García
Arucas, primavera de 2010
