jueves, 28 de octubre de 2010

Viaje a Ninguna Parte

Ve pasar las estaciones desde detrás del cristal. El otoño se ha enseñoreado de los campos y tapiza las vías de hojas ocres que el rebufo del tren hace volar formando espirales tras de sí. No hay ninguna parada programada en el viaje viaje a Ninguna Parte.

Strasbourg, 2010

sábado, 16 de octubre de 2010

A Ninguna Parte

Buenas tardes. El destino de ese tren está en blanco... ¿a dónde va?

A Ningún Lugar.

¿No va a ningún lugar?

No, a ningún lugar, no: a Ningún Lugar.

Por favor, deme un billete de primera clase.

El viajero subió al vagón en el momento preciso en el que comenzaban a cerrarse las puertas y el silbato anunciaba el inicio de la marcha. Se sacudió la lluvia del sombrero y la gabardina, soltó la maleta y se sentó junto al cristal viselado de gotas de lluvia.

Era el único pasajero. La estación se alejaba.

Strasbourg, otoño de 2010.

Perder el tren.

Mira desolado el andén vacío. Ha perdido el tren. La lluvia resbala goteando de las alas de su sombrero y empapa su gabardina.
Sentado sobre la maleta mira las vías.
El último vagón desaparece en la arboleda.

Strasbourg, otoño de 2010

jueves, 25 de marzo de 2010

El perro.


Camina despacito por la senda empedrada, la misma por donde en otra época condujese a Belmonte con los serones cargados, de regreso del huerto. Hace ahora el camino solo, ya ni siquiera cuenta con la compañía de Campeón en sus paseos. Campeón murió el año pasado por estas fechas. Hará dos meses su nieto vino desde Madrid a visitarlo, llegó con un cachorro de labrador, un perro hace mucha compañía, dijo. Para estupor de su descendiente, rehusó el can sin más explicaciones que la negativa. Me sobrevivirá, razonó, no puedo ni pensar la pena del animal cuando se quede solo.


Recordó la oscura congoja de aquel que acogió cuando, aún joven, trabajaba en el cementerio de Navahermosa. Había enterrado a un paisano hacía un par de días, y desde entonces el perro no se había movido en ningún momento de al lado de la tumba. Jamás volvió a ver un desamparo tan sombrío como el que los ojos del animal reflejaban. Que pensaría el perro. Hasta dónde alcanzaría su tristeza. Apenas lambeaba un poco la escudilla y bebía algo de agua, volvía a su pena negra, mirando la lápida, vislumbrando que no alcanzaba a comprender. Puede ser que no entendiera el por qué de la ausencia, la razón del abandono. Bien puede ser que, comprendiendo, se estuviese abandonando. Una tarde, después de recoger los aperos, el animal le siguió hasta la casa.


-No quiero perros en casa -dijo la mujer.


-Este perro se queda.


-¿Qué clase de mosca te ha picado?


-Se queda conmigo. Nunca vi una soledad igual.


-¿Qué?


-Nada.


-Tú siempre con tus jilipolleces, que me tienes más que harta. Anda y haz lo que te venga en gana. Desgraciao.


Vivió un par de años más, debía ser ya viejo o quizá fue la tristeza quien se lo llevó; en el tiempo que vivió jamás se le oyó ladrar, gruñir o mover el rabo. Tumbado junto al hogar con la cabeza sobre las patas, sólo miraba el fuego y resoplaba, el mismo perfil todas las noches proyectado en la pared por el fanal encendido. Era su resuello un suspiro capaz de fundir un alma de acero. Todos los días salía con el sol y regresaba al ocaso. Iba al cementerio.


La mujer murió, apareció Campeón. Después del entierro, más abatido por una culpa nacida de la falta de un sentimiento que por la tristeza en si, caminaba por esta misma calzada, dicen que de la época de los romanos, dónde, mozo, la había conocido. Al detenerse junto a la fuente para calmar la sed, sintió la mirada del perro en la cerviz. Advirtieron lo mismo el uno en los ojos del otro. Los del perro hablaban. Bebieron, el animal de la pila y el hombre del caño. Se sentaron. Lloró. Era la suya una soledad antigua, la pesadumbre eterna de quien ha vivido otra existencia. Fuera de su espacio, siempre, espíritu sublime entre sobrevivientes, hálito contenido. No le afligía la muerte de la mujer, qué coño sacarás de esos libros y de estar todo el santo día viendo las nubes pasar, más me hubiese valido casarme con el hijo del boticario, mira que me requería, y mírame ahora, desgraciao. Se dolía de un desconsuelo añejo. Supo que el perro estaba allí para seguirlo y quedarse con él, como fue. Junto a la fuente, se vio en los ojos del animal, que asistió a su llanto, callado, imponente el porte, herencia de una raza, mirándolo sin compasión ni condescendencia, es lo que menos el hombre persigue, y si lo quiere no lo necesita. Fue su compañero: yo te comprendo, amigo, no tengo en los ojos la venda de tus congéneres, nada me estorba la vista, déjame errar contigo por la senda empedrada, no tengo nombre. Sin decir palabra, acompáñame, dijo el hombre.


-Imponente animal, ¿Cuál es su nombre?


-Campeón -respondió, por no mentar a un dios. Jamás hubo de llamarlo de forma alguna, nunca precisó ser nombrado.


Pero ahora todo da igual, lo que queda es nada. Camina sereno apoyando el bastón en los adoquines más estables, con mucho tiento, pisando en firme, no vaya a caer aquí, vete a saber cuanto tiempo podría estar en el suelo hasta que pase cualquier alma que pueda socorrerme. Cae la tarde, hace rato que el Sol ha desaparecido tras las montañas, espero alcanzar las luces del pueblo antes de que cierre la noche.


Al llegar a la fuente se detiene y, mirando atrás, ve los últimos rayos de sangre reflejados en las nubes que los picachos desvencijan. La luz del día que muere se refleja en sus ojos anegados por las lágrimas. Se sienta en el brocal, apoya las manos en el bastón y sobre ellas la barbilla. Mira atrás y no piensa nada. Para qué. Mirar hacia atrás: delante no hay nada.


Aparece entonces el perro sobre la peña en penumbra y lo mira. Su silueta apenas se recorta contra la última luz de un cielo que se va cuajando de estrellas. Sus ojos hablan un lenguaje cósmico. Eleva el hocico a la Luna y aúlla una oración universal capaz de silenciar al mundo.


Mañana lo encontrarán como está, sentado junto al surtidor que ya no manará mas, qué extraño fenómeno habrá desviado el venero, el perro parece muerto también, si, está muerto. No comprenden, pero no hay desconcierto tampoco. Nunca entendieron. Ya no entenderán. No quieren. Para que.


No saben que camina junto al perro y el horizonte no existe.




Enrique García


Arucas, primavera de 2010

martes, 23 de febrero de 2010

Dos mujeres a quienes he amado.

I

Podría ser, en mi memoria, como aquella película francesa en que una chica guapa y morena espera un tren junto al andén. Peinada a lo garçon, con una gabardina tres cuartos que deja ver sus hermosas piernas enfundadas en negras medias, las manos en los bolsillos y unos preciosos ojos negros pendientes del lugar por dónde ha de aparecer la columna de humo de la locomotora… pero no: yo estaba en lo alto de un andamio, salpicado de cemento fresco, tu en un patio interior tendiendo unas bragas al sol.
No logro recordar ni tu nombre, hay que joderse. Podría hacer un esfuerzo por encontrarte y probablemente lo lograría… no se, porque en cierta forma temo lo que pueda encontrar. Me es inadmisible no quedarme tu recuerdo alegre, tarareando la canción de aquel verano, sujetando una traba entre tus dientes blancos, con las braguitas en las manos alzadas para alcanzar la línea, facilitando que tus redondas y perfectas tetas se ciñesen a la ajustada camiseta de hombreras. Para volverlo a uno loco.
Pasó el tiempo y, con tu imagen indeleble en mi memoria, una mañana me topé contigo en el aula de la autoescuela. Creí perder el juicio al recibir tu sonrisa; eras tal y como permanecías en mis recuerdos: tu pelo corto, tu nuca desnuda y apetitosa, tus ojos negros y tus labios hechos para mi imaginación.
Tú, que tendías tus braguitas al sol en un patio de una casa de Carranque, en una soleada mañana del 92 o el 93, que estudiaste el código de la circulación junto a mi en la autoescuela Ámbar, de Illescas, en el verano de 1994 y con quien celebré mi aprobado después de abollar el viejo Renault 18 blanco con el que fui a buscarte cuando, contra todo pronóstico, aceptaste mi invitación con una sonrisa deliciosa que me puso nervioso hasta el paroxismo. ¿Recuerdas mi agitación cuando subiste al coche con tu corta falda y tus perfectas piernas? ¿Recuerdas el porrazo que le dí contra una señal de tráfico nada más arrancar, presa de una conmoción perturbadora y feliz por tenerte al lado? Bonito estreno… y dichoso. A partir de ahí, la memoria se desvanece. Tampoco recuerdo cuando comencé a preguntarme: ¿dónde estás?



II

Me pedías un auxilio que no supe ver ni ofrecerte. Detrás de una mirada prematuramente madura y triste escondías una niña anhelante de risa, ternura y abrazos, que me solicitó sin pedirla una atención que no te supe procurar. Me invitaste a una copa, infeliz de mi, y no alcancé ver, inocente y despreocupado, la gran oportunidad de… ¿para que seguir? En verdad es inútil tratar de recomponer lo que no se hizo.
Mujer precoz, tus ropajes baratos y ajenos a toda moda, tus manos curtidas por el trabajo, tu rostro cansado y tu cabello descuidado no lograban eclipsar esa belleza esencial a quienes, como a ti, les son inherentes un cuerpo delicado y una ternura infinita, una perfección innecesaria de aderezo alguno. Sigo viendo tu rubio cabello y tus ojos azules, imágenes poco erosionadas por el tiempo, imborrables.
Tú, a quien coonocí en Seseña, dónde compartimos aula; dónde, desganados, resolvíamos asientos y matizábamos balances de situación. Me mirabas, me preguntabas, me sonreías; yo no era capaz de otra cosa que ponerme nervioso y pensar en tu hijo y en tu marido, quien, con su sola evocación, tenía la facultad de hacer desaparecer el brillo de tus ojos y sumirlos en un desconsuelo callado y oscuro. No estoy seguro, pero pudiera ser que salieses entonces de un involuntario encierro, cuya puerta abierta te descubrió sensaciones antiguas. También puede ser que yo esté flipando.
Para ti, debí desaparecer como a quien ha tragado la tierra; dejé de acudir a la academia cuando el destino travieso me apartó de tu lado en forma de empleo. Mi pecado es no haber regresado a buscarte, dejar deshacerse el lazo.
No he dejado de sentirlo, de ver tus ojos tristes, y nunca he dejado de desear tu abrazo y tus lágrimas de desahogo y alegría en mi cara. Sí se que desde entonces me pregunto: ¿dónde estás?



Os he soñado mucho en éstos últimos casi veinte años, no he dejado de pensar en vosotras. Vuestro recuerdo es un revulsivo grato y precioso que atesoro en mi memoria y en muchas de las palabras que escribo. Estaré para que me encierren porque, aún después de tantísimo tiempo, sueño con encontraros de nuevo. Mi destino es antojadizo y bien pudiera se decida a gastarme una nueva broma, como acostumbra, volviéndoos a poner a la vuelta de cualquier esquina.

Insisto: esto no es un cuento. Es una llamada, un grito. ¿Dónde estáis?
Algeciras, invierno de 2010.

viernes, 19 de febrero de 2010

Estela


Refractario a despedidas y a ceremoniales excesivos, como viajero accidental que ha de retornar, se marcha sin más. ¿Sin mas?

Dos ideas contrapuestas y en apariencia incompatibles comparten, sin embargo, el espacio de sus pensamientos, sin pretenderlo, en contra de su naturaleza contradictoria. A un lado, lo que deja atrás es ya suyo, forma parte de su esencia: casas, caminos, barrancos, lugares, calles, plazas, bares, amantes, amigos, el mar omnipresente. A otro, desengañado por la experiencia de idealismos yermos, persuadido de la recreación de una historia antigua que se redunda: sensación común, por lo frecuentada, pero ilusoria. No volverá.

Un trago de güisqui reconcilia sus pensamientos, o al menos les ayuda a ignorarse entre sí.

En los viajes de ida no mira hacia atrás: evitando así toda invocación a los demonios de la añoranza y la soledad. Por eso no sale a cubierta para ver cómo el terruño desaparece bajo las aguas, ni a contemplar cómo la larga estela del barco se disipa en espuma en aquella dirección. Nunca acude a proa para sentir el viento y ver emerger sobre un nuevo horizonte las tierras por descubrir y caminar. Metáforas trilladas, lugares harto comunes de tan hoyados. De vuelta de eso.

Así que se abandona al sopor y la música, al dulce sosiego del hachís, el güisqui, el oscilar de las olas.

Contrapunto, reflexión lenitiva: el tiempo ha sufrido una combustión inmoderada, rápida e imperfecta en la isla. Los rescoldos, aún incandescentes, no quedan más que cubiertos por una ceniza protectora, mortecinos pero vivos, que despabilarán, una vez oreados, un fuego fresco, inédito y animoso.
Agaete-Santa Cruz de Tenerife, invierno de 2010.

viernes, 29 de enero de 2010

La ciencia de tu beso.


La chispa de un pensamiento se origina en tu cerebro, y casi simultáneamente la intención de expresarlo. De inmediato, el encéfalo genera una orden cuya señal se transmite de neurona a neurona, de axón a dendrita, vía sinapsis, a través del sistema nervioso. En cuestión de milisegundos, este impulso salido de tu materia gris recorre un corto trecho de la médula espinal, tomando a la altura de la primera vértebra torácica un desvío hacia el plexo braquial, desde dónde viaja por el nervio mediano, acompañando a la arteria humeral hasta la muñeca para dividirse a partir de aquí en pequeños impulsos que se separan por las diversas ramificaciones nerviosas que estimulan los músculos de los dedos. Índice, corazón y anular de tu mano izquierda presionan tres teclas; el corazón de la derecha, una.


La presión de cada tecla cierra un circuito eléctrico, generando cinco impulsos que son enviados al microprocesador de tu computadora. Simultáneamente aparece en el monitor una palabra que te hace esbozar una pequeña sonrisa; acto seguido pulsas la tecla “Intro”. Levantas las manos del teclado, apoyas tu espalda en el respaldo de tu butaca y enciendes un cigarrillo.


Antes siquiera de iniciar el gesto de recostarte, el programa de mensajería instantánea ha convertido tu palabra en ceros y unos, lo ha enviado en forma de electricidad a través de un enrutador a la red, ha recorrido miles de kilómetros a través de líneas telefónicas, cables, empalmes… Por el subsuelo, por los aleros de los tejados, sobre las calles, a través el aire, por el espacio exterior… Ha viajado por países en los que nunca estuve, lugares con gentes de otra piel y otras lenguas. Ha sido electricidad, luz y ondas, lo mismo es.


De servidor en servidor a lo largo y ancho del mundo, ha entrado finalmente en mi ordenador por el mismo camino que salió del tuyo. El mismo programa que utilizaste para enviarme el amable mensaje, se encarga ahora en mi ordenador de traducir los ceros y unos del código binario en caracteres legibles para enviarlo a mi monitor, donde estimula la química de los píxeles, encargados últimos de representar, unidos formando signos, tu palabra para mi.


La inmensa cantidad de longitudes de onda que emite mi pantalla activan las células receptoras de mis ojos, aunque sólo las que están contenidas entre rojo y el violeta continuarán el viaje, no sin antes haber sido preparadas a tal efecto por una serie de lentes naturales que conforman mis globos oculares. Éstos foto-receptores transforman dicho estímulo, de nuevo, en energía fotoquímica para después transmitírsela a las neuronas sensitivas, que finalmente se encargan de amplificarla y transmitirla, a través de la multitud de neuronas que forman el nervio óptico, a mi cerebro que, al recibir tu mensaje, con gran regocijo decide ordenar la segregación de ciertas endorfinas que obran el efecto de hacerme sentir bien.


Y es que lo que he recibido de ti es un beso.


Un beso mecánico, energético, óptico, eléctrico, informático, viajero y sedante.


Un beso tuyo.


Un beso que viene desde el otro lado del ancho océano, que quizá haya dado la vuelta al mundo y salido incluso del planeta, periplo en el que apenas habrá invertido una ínfima fracción de segundo.


Como si estuvieses a mi lado.


Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2010.

lunes, 25 de enero de 2010

Vivir, viviendo.



Infinitivo. Tiempo sin tiempo, persona ni número: máxima expresión de la acción. Somos todos, contenidos en todos los tiempos. Abstracto y general. Abstracto y surreal. Verbo y sustantivo. Todo. Pureza, esencia. Como tu.


Gerundio. Solución del movimiento continuo. Pasado y presente, anterioridad y simultaneidad; presente ficticio (fluido goteando entre mis dedos). Así, –algún académico pedirá mi cabeza- futuro inmediato del cual, junto al pasado más adyacente, se conforma un presente que aquí y ahora declaro ilusorio. Línea continua prolongada en el tiempo. Incesante, perpetua y eterna. Perenne. Como tu.

Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2010.