
Refractario a despedidas y a ceremoniales excesivos, como viajero accidental que ha de retornar, se marcha sin más. ¿Sin mas?
Dos ideas contrapuestas y en apariencia incompatibles comparten, sin embargo, el espacio de sus pensamientos, sin pretenderlo, en contra de su naturaleza contradictoria. A un lado, lo que deja atrás es ya suyo, forma parte de su esencia: casas, caminos, barrancos, lugares, calles, plazas, bares, amantes, amigos, el mar omnipresente. A otro, desengañado por la experiencia de idealismos yermos, persuadido de la recreación de una historia antigua que se redunda: sensación común, por lo frecuentada, pero ilusoria. No volverá.
Un trago de güisqui reconcilia sus pensamientos, o al menos les ayuda a ignorarse entre sí.
En los viajes de ida no mira hacia atrás: evitando así toda invocación a los demonios de la añoranza y la soledad. Por eso no sale a cubierta para ver cómo el terruño desaparece bajo las aguas, ni a contemplar cómo la larga estela del barco se disipa en espuma en aquella dirección. Nunca acude a proa para sentir el viento y ver emerger sobre un nuevo horizonte las tierras por descubrir y caminar. Metáforas trilladas, lugares harto comunes de tan hoyados. De vuelta de eso.
Así que se abandona al sopor y la música, al dulce sosiego del hachís, el güisqui, el oscilar de las olas.
Contrapunto, reflexión lenitiva: el tiempo ha sufrido una combustión inmoderada, rápida e imperfecta en la isla. Los rescoldos, aún incandescentes, no quedan más que cubiertos por una ceniza protectora, mortecinos pero vivos, que despabilarán, una vez oreados, un fuego fresco, inédito y animoso.
Dos ideas contrapuestas y en apariencia incompatibles comparten, sin embargo, el espacio de sus pensamientos, sin pretenderlo, en contra de su naturaleza contradictoria. A un lado, lo que deja atrás es ya suyo, forma parte de su esencia: casas, caminos, barrancos, lugares, calles, plazas, bares, amantes, amigos, el mar omnipresente. A otro, desengañado por la experiencia de idealismos yermos, persuadido de la recreación de una historia antigua que se redunda: sensación común, por lo frecuentada, pero ilusoria. No volverá.
Un trago de güisqui reconcilia sus pensamientos, o al menos les ayuda a ignorarse entre sí.
En los viajes de ida no mira hacia atrás: evitando así toda invocación a los demonios de la añoranza y la soledad. Por eso no sale a cubierta para ver cómo el terruño desaparece bajo las aguas, ni a contemplar cómo la larga estela del barco se disipa en espuma en aquella dirección. Nunca acude a proa para sentir el viento y ver emerger sobre un nuevo horizonte las tierras por descubrir y caminar. Metáforas trilladas, lugares harto comunes de tan hoyados. De vuelta de eso.
Así que se abandona al sopor y la música, al dulce sosiego del hachís, el güisqui, el oscilar de las olas.
Contrapunto, reflexión lenitiva: el tiempo ha sufrido una combustión inmoderada, rápida e imperfecta en la isla. Los rescoldos, aún incandescentes, no quedan más que cubiertos por una ceniza protectora, mortecinos pero vivos, que despabilarán, una vez oreados, un fuego fresco, inédito y animoso.
Agaete-Santa Cruz de Tenerife, invierno de 2010.
