viernes, 24 de julio de 2009

Delirium insomne




El buitre sostiene un reloj de bolsillo en una garra. Mira el reloj y después me mira a mí.

El rostro de mi padre me observa desde el retrato en la pared con gesto reprobatorio.

El aullido de las sirenas, las alarmas de los coches, la campana del reloj, el silbido de la tetera, el despertador, el griterío de los niños a la entrada del colegio (a las cuatro de la mañana de un tórrido mes de Julio), el violinista, el puto violinista.

Todos los perros de la ciudad se han confabulado esta noche para aullar al unísono; los grillos les corean.

La mancha del techo ha vuelto a cambiar de forma: hoy es un dios desconocido.

Niños muertos debajo de la cama, macilentos, pálidos. Sus inexpresivos ojos vidriosos también me miran.

El violín... el maldito violinista que toca una y otra vez la misma melodía fúnebre que me recuerda a Bach.

Dado todo por perdido me levanto de la cama, abro el armario y saco el fusil, lo cargo con un cartucho blanco y rojo, apoyo el culatín en mi hombro, acerco la cara y fijo al violinista en el punto de mira. El disparo retruena en la estancia, el retroceso de la descarga me hace tambalear y el fogonazo me ciega moentáneamente; es igual: nadie ve ni oye. Arrojo el arma a un lado al tiempo que veo al músico llevarse la mano al pecho, horrorizado. Me dirige una mirada triste de incomprensión. Trece pisos antes de caer sobre un coche reventando las lunas en un estrépito que se disipa pronto en el oscuro silencio. Aún sostiene el violín en la mano izquierda y el arco en la derecha.

El gato, desde la penumbra de un rincón, me mira y sonríe. Cuando aparto la vista del felino advierto consternado que el cuerpo del violinista ya no está sobre el coche y que este está intacto.

La niña se columpia en el parque, su cabello rubio y el vestido blanco se bambolean al compás del vaivén. Ella no me mira: sus ojos son sombras.

El gato continúa observandome y sonriendo me guiña un ojo. Esta noche al menos dormiré... o no.
Una tableta de Lexatín reposa sobre la cómoda.

miércoles, 22 de julio de 2009


Hombre solo en medio de las aguas, hombre-isla vulnerable, hoyado su suelo más nunca conquistado ni cartografiado. Inexplorado, desconocido. Ocasionalmente aprovechados sus puertos para recalar, avituallarse y calmar la sed por navíos errantes que en sus derrotas tropiezan con sus costas; nadie encalló jamás en ellas.
Vulnerable al asedio, el hombre-isla descansa su plácido sueño, fetal, ajeno, lugar de paso, coordenadas olvidadas de portulano antiguo, escala accidental, alto incidental.
Una nave lo circunda buscando una cala calmosa donde fondear; se acerca, vira, se aleja, regresa, torna a rodearlo y vuelve a alejarse. En un principio el hombre-isla desconfía, pero termina ofreciendo, generoso, sus radas como abrigo. Por fin arriba, atraca y ancla. Toma posesión, lo explora, conquista, domina, construye y transforma.
Se surte y llena las bodegas para finalmente levar anclas y continuar su periplo. Se marcha, se aleja. Vira su proa en alguna ocasión hacia él, retomando después su rumbo hacia el sur.
Algo de aquel navío queda en él, guarnición ínfima dispuesta a evitar desembarcos e invasiones, apenas suficiente para mantener un recuerdo liviano del barco que ya se difumina en la calima, ocultándose tras el horizonte. Ahora habitado, esta presencia no mitiga el abandono ni consuela su añoranza.
El hombre-isla queda en medio del océano de nuevo solo, desnudo, mecido por las olas. Las caricias del viento ondulan su cabello crespo, el Sol le procura calor y dora su piel.
Sonríe y se encoge arrebujado al abrigo del agua oceánica.

martes, 21 de julio de 2009

De nada le sirvió negarlo.


De nada le sirvió negarlo. Ante la evidencia, ni siquiera ella realmente estaba convencida de que sus excusas fueran a servir de algo. Se agitaba intranquila de pie ante mi y no paraba de frotarse las manos. El sudor perlaba su frente. El día en que me percaté de todo, primero me asaltó la duda, luego la sorpresa, después el desconsuelo y finalmente el despecho y la ira. Pero había tenido el tiempo suficiente para serenarme, pensar y, por así decirlo, elaborar una estrategia. Ahora, aun dentro del dolor, incluso encontraba cierto placer en verla azorada, balbuceando explicaciones incoherentes y tratando de huir de la situación, zozobrando. Seguí hostigándola levemente, saboreando ese íntimo placer de verla aturdida y agitada en la tesitura en que tantas veces me había puesto ella a mi.
Inspiré profundamente; lo que iba a decir era sumamente doloroso para mi:

-Quiero que te vayas ahora mismo. Ya.
-¿Ahora?
-Si, ahora, en el próximo tren.
-Pero…
-Y si no hay tren, te busco un hotel donde pasar la noche. Recoge lo necesario, el resto te lo enviaré mañana mismo- me temblaban las piernas al decir aquello.

Balbució un par de excusas sollozando: que estaba a mitad de curso, que debía terminar sus prácticas, que no podía dejarlo todo así, a medias. Hablaba sin seguridad, como sabiendo que sus palabras no tendrían efecto alguno en una decisión ya inapelable. Sin embargo, la expresión de su rostro no concordaba con lo que sus palabras querían dar a entender: su actitud era orgullosa y altiva; parecía estar encarnando un papel aprendido de memoria y representado sin convicción.
Pero esta vez yo creía tener al toro por los cuernos, me sentía preparado y seguro, y actuaba con aplomo:

-Demasiado será que te acerque a la estación y cuando pueda te envíe tus cosas.

Conduje despacio a lo largo de la autopista, pasando de una marcha a otra con parsimonia, siempre por el carril de la derecha, intentando aparentar una templanza que se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer desde que saliéramos del apartamento. No cruzamos una sola palabra en todo el trayecto. Detuve con suavidad el coche en la misma entrada de la terminal, y me limité a aguardar en silencio con las manos apoyadas en el volante, mientras ella sacaba su escasa impedimenta del portabultos. Sólo desvié la mirada del frente un instante, lo justo para ver como las puertas automáticas se abrían franqueándole la entrada, mientras caminaba con desgana arrastrando la maleta y los pies, la cabeza agachada y la mirada puesta en el suelo. Cuando las dos hojas de espejo se unieron de nuevo, observé mi propio reflejo en los cristales y en él la soledad y el desamparo. Subí el volumen de la música, metí primera y arranqué en dirección a la salida de la ciudad con un nudo en la garganta que en seguida se convirtió en un sollozo y finalmente en un torrente de lágrimas. En la radio, Black Sabath tocaban N.I.B.
Supe que desde ese momento todo iba a ser más sencillo, pero también más duro. No me dolía la traición, sino la soledad o el temor a ella.
Un oscuro y pesado desánimo se instaló en mi, y es desde entonces una carga que aún no he conseguido aliviar del todo, aunque la haya aprendido a tolerar.
Otra vez la estación como punto de partida.

lunes, 20 de julio de 2009

Tren en invierno.

Edificios modernistas de la antigua infraestructura ferroviaria jalonan las vías. Arquitectura monótona pero hermosa a su manera; monótona porque el estilo es invariablemente el mismo en todo el trayecto, incluso diría que en toda la red de ferrocarriles del país, y hermosa en su arquitectura inconfundible. Estaciones, silos, almacenes, depósitos, viviendas de ferroviarios, puestos de guardagujas. Me llama la atención la manera en que el progreso ha ido relegando todo aquel bullicioso entramado a un olvido que por otra parte no deja nunca de estar presente, siempre a la vista acompañando al tren en su avance y su evolución. Instalaciones que decaen y envejecen mientras su alrededor se desarrolla con pasos de gigante. Lo viejo, lo inútil, lo prescindible va quedando en los márgenes mientras el convoy siempre mira hacia el frente.

Hoy la nieve oculta el escombro y el hierro oxidado con una capa uniforme que suaviza las formas, rellenando huecos e igualando prominencias. Cuando el trazado de la vía obliga al convoy a trazar una curva, veo desde la ventana cómo la locomotora levanta altas olas de polvo de nieve descubriendo rieles y traviesas en su monótono traqueteo hacia adelante, siempre hacia adelante.

El ferrocarril es un mundo en sí, un universo paralelo de varios metros de ancho pero infinito en su longitud. Ajeno al exterior, le sirve de conexión. También al exterior este submundo le es ajeno; el pasajero es su habitante efímero y deja de ser su poblador cuando abandona el andén. Más mientras se encuentra dentro, lo tiene presente y se siente morador aún en su nomadismo.
El tren me aleja del lugar al que me dirigí un día, convirtiendo así el destino en origen. Lo que un día fue fin hoy es principio: esa es su grandeza. El lugar hacia el que me dirijo tiene tanto de concreto como de incierto, y aquellas estaciones que dejo atrás se convierten en abstracciones en el momento de sobrepasarlas. Quizá si un impulso me impeliera a abandonar el vagón en una parada, descubriría otros designios que me son vedados en el momento en que se reanuda el viaje: ya nunca hoyaré esos mundos, quedaron atrás.

martes, 7 de julio de 2009

Ojalá me hubiera dado cuenta antes


Así sonaban ayer sus palabras. Pero después, sin percatarse apenas, todo había cambiado. Hacían el amor mecánicamente, como dos desconocidos que se procuran el uno al otro un momento de placer y descarga. Lejos de aquel ritual orgiástico de besos, embates y gemidos de antes, lo que ahora hacían era meramente mecánico. Follaban como dos desconocidos, indolentes, en busca de alivio; después media vuelta y cada uno a su lado de la cama, como si una línea invisible dividiera el lecho, desuniéndolos, alejándolos: una frontera tácita, una veda. Sin palabras, sin caricias, sin tan siquiera un reproche, permanecían así durante horas mirando al vacío. En alguna ocasión la oyó sollozar, aunque no alcanzaba a comprender el motivo de ese llanto, si desamor, desconsuelo o vergüenza. Es posible que accediera a sus deseos como una forma de mantenerlo consigo, de corresponder con el sexo a las atenciones que le dispensaba, o como una especie de compensación por continuar viviendo a sus expensas.
No tuvieron jamás una pelea. Comían en silencio, frente al televisor encendido (antes no solían ver la televisión). Las pocas palabras que intercambiaban eran las necesarias para convivir, ya no compartían las largas charlas que entonces, los comentarios del último libro leído (tenían los mismos gustos literarios), la última película, la política o el medio ambiente. Cada cual se había aislado del otro en su coraza y habían dejado de compartir. Compartir en términos absolutos, como en otro tiempo. Poco a poco se iba formando la idea de que los escasos gestos que aún tenía para con él eran los estrictamente necesarios para evitar la rotura del frágil hilo que les mantenía unidos. Solamente un intercambio, una transacción. Andando el tiempo, iba estando cada vez más convencido. Ya todo se podría resumir en una sola palabra: hastío.

No había estado atento a las señales o no quiso verlas, pero ahora era ya tarde. Y la manera en que se precipitaron los acontecimientos fue mucho mas dolorosa que si hubiese querido darse cuenta antes. Sin embargo, cuanta más indiferencia notaba por parte de ella, mas aún se volcaba en complacerla. La colmaba de atenciones, siempre pendiente de sus necesidades y cada vez menos de las propias. Nada parecía ser suficiente.

Hasta que una tarde regresó a casa y le golpeó la certeza de lo esperado: la encontró vacía. No desocupada de objetos, sino de presencia, un vacío negro y profundo de soledad. No se molestó en buscar una nota, una señal, una explicación. Hacía mucho que temía ese momento y por lo tanto lo aguardaba. Se limitó a dejarse caer con desgana en su sofá del rincón, junto al mirador y la biblioteca, desde donde solía observar las nubes teñidas de sepia por las luces de la ciudad. Desde el quicio del ventanal el gato le miraba con gesto afligido, la cabeza ladeada, como queriendo decir: “yo sí estoy aquí, contigo”. Y en ese momento le aplastó como una pesada carga el miedo a la soledad, la incertidumbre de un presente y un futuro deshabitados de ella.


Había desaparecido toda certeza.