
De nada le sirvió negarlo. Ante la evidencia, ni siquiera ella realmente estaba convencida de que sus excusas fueran a servir de algo. Se agitaba intranquila de pie ante mi y no paraba de frotarse las manos. El sudor perlaba su frente. El día en que me percaté de todo, primero me asaltó la duda, luego la sorpresa, después el desconsuelo y finalmente el despecho y la ira. Pero había tenido el tiempo suficiente para serenarme, pensar y, por así decirlo, elaborar una estrategia. Ahora, aun dentro del dolor, incluso encontraba cierto placer en verla azorada, balbuceando explicaciones incoherentes y tratando de huir de la situación, zozobrando. Seguí hostigándola levemente, saboreando ese íntimo placer de verla aturdida y agitada en la tesitura en que tantas veces me había puesto ella a mi.
Inspiré profundamente; lo que iba a decir era sumamente doloroso para mi:
-Quiero que te vayas ahora mismo. Ya.
-¿Ahora?
-Si, ahora, en el próximo tren.
-Pero…
-Y si no hay tren, te busco un hotel donde pasar la noche. Recoge lo necesario, el resto te lo enviaré mañana mismo- me temblaban las piernas al decir aquello.
Balbució un par de excusas sollozando: que estaba a mitad de curso, que debía terminar sus prácticas, que no podía dejarlo todo así, a medias. Hablaba sin seguridad, como sabiendo que sus palabras no tendrían efecto alguno en una decisión ya inapelable. Sin embargo, la expresión de su rostro no concordaba con lo que sus palabras querían dar a entender: su actitud era orgullosa y altiva; parecía estar encarnando un papel aprendido de memoria y representado sin convicción.
Pero esta vez yo creía tener al toro por los cuernos, me sentía preparado y seguro, y actuaba con aplomo:
-Demasiado será que te acerque a la estación y cuando pueda te envíe tus cosas.
Conduje despacio a lo largo de la autopista, pasando de una marcha a otra con parsimonia, siempre por el carril de la derecha, intentando aparentar una templanza que se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer desde que saliéramos del apartamento. No cruzamos una sola palabra en todo el trayecto. Detuve con suavidad el coche en la misma entrada de la terminal, y me limité a aguardar en silencio con las manos apoyadas en el volante, mientras ella sacaba su escasa impedimenta del portabultos. Sólo desvié la mirada del frente un instante, lo justo para ver como las puertas automáticas se abrían franqueándole la entrada, mientras caminaba con desgana arrastrando la maleta y los pies, la cabeza agachada y la mirada puesta en el suelo. Cuando las dos hojas de espejo se unieron de nuevo, observé mi propio reflejo en los cristales y en él la soledad y el desamparo. Subí el volumen de la música, metí primera y arranqué en dirección a la salida de la ciudad con un nudo en la garganta que en seguida se convirtió en un sollozo y finalmente en un torrente de lágrimas. En la radio, Black Sabath tocaban N.I.B.
Supe que desde ese momento todo iba a ser más sencillo, pero también más duro. No me dolía la traición, sino la soledad o el temor a ella.
Un oscuro y pesado desánimo se instaló en mi, y es desde entonces una carga que aún no he conseguido aliviar del todo, aunque la haya aprendido a tolerar.
Inspiré profundamente; lo que iba a decir era sumamente doloroso para mi:
-Quiero que te vayas ahora mismo. Ya.
-¿Ahora?
-Si, ahora, en el próximo tren.
-Pero…
-Y si no hay tren, te busco un hotel donde pasar la noche. Recoge lo necesario, el resto te lo enviaré mañana mismo- me temblaban las piernas al decir aquello.
Balbució un par de excusas sollozando: que estaba a mitad de curso, que debía terminar sus prácticas, que no podía dejarlo todo así, a medias. Hablaba sin seguridad, como sabiendo que sus palabras no tendrían efecto alguno en una decisión ya inapelable. Sin embargo, la expresión de su rostro no concordaba con lo que sus palabras querían dar a entender: su actitud era orgullosa y altiva; parecía estar encarnando un papel aprendido de memoria y representado sin convicción.
Pero esta vez yo creía tener al toro por los cuernos, me sentía preparado y seguro, y actuaba con aplomo:
-Demasiado será que te acerque a la estación y cuando pueda te envíe tus cosas.
Conduje despacio a lo largo de la autopista, pasando de una marcha a otra con parsimonia, siempre por el carril de la derecha, intentando aparentar una templanza que se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer desde que saliéramos del apartamento. No cruzamos una sola palabra en todo el trayecto. Detuve con suavidad el coche en la misma entrada de la terminal, y me limité a aguardar en silencio con las manos apoyadas en el volante, mientras ella sacaba su escasa impedimenta del portabultos. Sólo desvié la mirada del frente un instante, lo justo para ver como las puertas automáticas se abrían franqueándole la entrada, mientras caminaba con desgana arrastrando la maleta y los pies, la cabeza agachada y la mirada puesta en el suelo. Cuando las dos hojas de espejo se unieron de nuevo, observé mi propio reflejo en los cristales y en él la soledad y el desamparo. Subí el volumen de la música, metí primera y arranqué en dirección a la salida de la ciudad con un nudo en la garganta que en seguida se convirtió en un sollozo y finalmente en un torrente de lágrimas. En la radio, Black Sabath tocaban N.I.B.
Supe que desde ese momento todo iba a ser más sencillo, pero también más duro. No me dolía la traición, sino la soledad o el temor a ella.
Un oscuro y pesado desánimo se instaló en mi, y es desde entonces una carga que aún no he conseguido aliviar del todo, aunque la haya aprendido a tolerar.
Otra vez la estación como punto de partida.
