Edificios modernistas de la antigua infraestructura ferroviaria jalonan las vías. Arquitectura monótona pero hermosa a su manera; monótona porque el estilo es invariablemente el mismo en todo el trayecto, incluso diría que en toda la red de ferrocarriles del país, y hermosa en su arquitectura inconfundible. Estaciones, silos, almacenes, depósitos, viviendas de ferroviarios, puestos de guardagujas. Me llama la atención la manera en que el progreso ha ido relegando todo aquel bullicioso entramado a un olvido que por otra parte no deja nunca de estar presente, siempre a la vista acompañando al tren en su avance y su evolución. Instalaciones que decaen y envejecen mientras su alrededor se desarrolla con pasos de gigante. Lo viejo, lo inútil, lo prescindible va quedando en los márgenes mientras el convoy siempre mira hacia el frente.
Hoy la nieve oculta el escombro y el hierro oxidado con una capa uniforme que suaviza las formas, rellenando huecos e igualando prominencias. Cuando el trazado de la vía obliga al convoy a trazar una curva, veo desde la ventana cómo la locomotora levanta altas olas de polvo de nieve descubriendo rieles y traviesas en su monótono traqueteo hacia adelante, siempre hacia adelante.
El ferrocarril es un mundo en sí, un universo paralelo de varios metros de ancho pero infinito en su longitud. Ajeno al exterior, le sirve de conexión. También al exterior este submundo le es ajeno; el pasajero es su habitante efímero y deja de ser su poblador cuando abandona el andén. Más mientras se encuentra dentro, lo tiene presente y se siente morador aún en su nomadismo.
El tren me aleja del lugar al que me dirigí un día, convirtiendo así el destino en origen. Lo que un día fue fin hoy es principio: esa es su grandeza. El lugar hacia el que me dirijo tiene tanto de concreto como de incierto, y aquellas estaciones que dejo atrás se convierten en abstracciones en el momento de sobrepasarlas. Quizá si un impulso me impeliera a abandonar el vagón en una parada, descubriría otros designios que me son vedados en el momento en que se reanuda el viaje: ya nunca hoyaré esos mundos, quedaron atrás.
