I
Podría ser, en mi memoria, como aquella película francesa en que una chica guapa y morena espera un tren junto al andén. Peinada a lo garçon, con una gabardina tres cuartos que deja ver sus hermosas piernas enfundadas en negras medias, las manos en los bolsillos y unos preciosos ojos negros pendientes del lugar por dónde ha de aparecer la columna de humo de la locomotora… pero no: yo estaba en lo alto de un andamio, salpicado de cemento fresco, tu en un patio interior tendiendo unas bragas al sol.
No logro recordar ni tu nombre, hay que joderse. Podría hacer un esfuerzo por encontrarte y probablemente lo lograría… no se, porque en cierta forma temo lo que pueda encontrar. Me es inadmisible no quedarme tu recuerdo alegre, tarareando la canción de aquel verano, sujetando una traba entre tus dientes blancos, con las braguitas en las manos alzadas para alcanzar la línea, facilitando que tus redondas y perfectas tetas se ciñesen a la ajustada camiseta de hombreras. Para volverlo a uno loco.
Pasó el tiempo y, con tu imagen indeleble en mi memoria, una mañana me topé contigo en el aula de la autoescuela. Creí perder el juicio al recibir tu sonrisa; eras tal y como permanecías en mis recuerdos: tu pelo corto, tu nuca desnuda y apetitosa, tus ojos negros y tus labios hechos para mi imaginación.
Tú, que tendías tus braguitas al sol en un patio de una casa de Carranque, en una soleada mañana del 92 o el 93, que estudiaste el código de la circulación junto a mi en la autoescuela Ámbar, de Illescas, en el verano de 1994 y con quien celebré mi aprobado después de abollar el viejo Renault 18 blanco con el que fui a buscarte cuando, contra todo pronóstico, aceptaste mi invitación con una sonrisa deliciosa que me puso nervioso hasta el paroxismo. ¿Recuerdas mi agitación cuando subiste al coche con tu corta falda y tus perfectas piernas? ¿Recuerdas el porrazo que le dí contra una señal de tráfico nada más arrancar, presa de una conmoción perturbadora y feliz por tenerte al lado? Bonito estreno… y dichoso. A partir de ahí, la memoria se desvanece. Tampoco recuerdo cuando comencé a preguntarme: ¿dónde estás?
II
Me pedías un auxilio que no supe ver ni ofrecerte. Detrás de una mirada prematuramente madura y triste escondías una niña anhelante de risa, ternura y abrazos, que me solicitó sin pedirla una atención que no te supe procurar. Me invitaste a una copa, infeliz de mi, y no alcancé ver, inocente y despreocupado, la gran oportunidad de… ¿para que seguir? En verdad es inútil tratar de recomponer lo que no se hizo.
Mujer precoz, tus ropajes baratos y ajenos a toda moda, tus manos curtidas por el trabajo, tu rostro cansado y tu cabello descuidado no lograban eclipsar esa belleza esencial a quienes, como a ti, les son inherentes un cuerpo delicado y una ternura infinita, una perfección innecesaria de aderezo alguno. Sigo viendo tu rubio cabello y tus ojos azules, imágenes poco erosionadas por el tiempo, imborrables.
Tú, a quien coonocí en Seseña, dónde compartimos aula; dónde, desganados, resolvíamos asientos y matizábamos balances de situación. Me mirabas, me preguntabas, me sonreías; yo no era capaz de otra cosa que ponerme nervioso y pensar en tu hijo y en tu marido, quien, con su sola evocación, tenía la facultad de hacer desaparecer el brillo de tus ojos y sumirlos en un desconsuelo callado y oscuro. No estoy seguro, pero pudiera ser que salieses entonces de un involuntario encierro, cuya puerta abierta te descubrió sensaciones antiguas. También puede ser que yo esté flipando.
Para ti, debí desaparecer como a quien ha tragado la tierra; dejé de acudir a la academia cuando el destino travieso me apartó de tu lado en forma de empleo. Mi pecado es no haber regresado a buscarte, dejar deshacerse el lazo.
No he dejado de sentirlo, de ver tus ojos tristes, y nunca he dejado de desear tu abrazo y tus lágrimas de desahogo y alegría en mi cara. Sí se que desde entonces me pregunto: ¿dónde estás?
Os he soñado mucho en éstos últimos casi veinte años, no he dejado de pensar en vosotras. Vuestro recuerdo es un revulsivo grato y precioso que atesoro en mi memoria y en muchas de las palabras que escribo. Estaré para que me encierren porque, aún después de tantísimo tiempo, sueño con encontraros de nuevo. Mi destino es antojadizo y bien pudiera se decida a gastarme una nueva broma, como acostumbra, volviéndoos a poner a la vuelta de cualquier esquina.
Insisto: esto no es un cuento. Es una llamada, un grito. ¿Dónde estáis?
Podría ser, en mi memoria, como aquella película francesa en que una chica guapa y morena espera un tren junto al andén. Peinada a lo garçon, con una gabardina tres cuartos que deja ver sus hermosas piernas enfundadas en negras medias, las manos en los bolsillos y unos preciosos ojos negros pendientes del lugar por dónde ha de aparecer la columna de humo de la locomotora… pero no: yo estaba en lo alto de un andamio, salpicado de cemento fresco, tu en un patio interior tendiendo unas bragas al sol.
No logro recordar ni tu nombre, hay que joderse. Podría hacer un esfuerzo por encontrarte y probablemente lo lograría… no se, porque en cierta forma temo lo que pueda encontrar. Me es inadmisible no quedarme tu recuerdo alegre, tarareando la canción de aquel verano, sujetando una traba entre tus dientes blancos, con las braguitas en las manos alzadas para alcanzar la línea, facilitando que tus redondas y perfectas tetas se ciñesen a la ajustada camiseta de hombreras. Para volverlo a uno loco.
Pasó el tiempo y, con tu imagen indeleble en mi memoria, una mañana me topé contigo en el aula de la autoescuela. Creí perder el juicio al recibir tu sonrisa; eras tal y como permanecías en mis recuerdos: tu pelo corto, tu nuca desnuda y apetitosa, tus ojos negros y tus labios hechos para mi imaginación.
Tú, que tendías tus braguitas al sol en un patio de una casa de Carranque, en una soleada mañana del 92 o el 93, que estudiaste el código de la circulación junto a mi en la autoescuela Ámbar, de Illescas, en el verano de 1994 y con quien celebré mi aprobado después de abollar el viejo Renault 18 blanco con el que fui a buscarte cuando, contra todo pronóstico, aceptaste mi invitación con una sonrisa deliciosa que me puso nervioso hasta el paroxismo. ¿Recuerdas mi agitación cuando subiste al coche con tu corta falda y tus perfectas piernas? ¿Recuerdas el porrazo que le dí contra una señal de tráfico nada más arrancar, presa de una conmoción perturbadora y feliz por tenerte al lado? Bonito estreno… y dichoso. A partir de ahí, la memoria se desvanece. Tampoco recuerdo cuando comencé a preguntarme: ¿dónde estás?
II
Me pedías un auxilio que no supe ver ni ofrecerte. Detrás de una mirada prematuramente madura y triste escondías una niña anhelante de risa, ternura y abrazos, que me solicitó sin pedirla una atención que no te supe procurar. Me invitaste a una copa, infeliz de mi, y no alcancé ver, inocente y despreocupado, la gran oportunidad de… ¿para que seguir? En verdad es inútil tratar de recomponer lo que no se hizo.
Mujer precoz, tus ropajes baratos y ajenos a toda moda, tus manos curtidas por el trabajo, tu rostro cansado y tu cabello descuidado no lograban eclipsar esa belleza esencial a quienes, como a ti, les son inherentes un cuerpo delicado y una ternura infinita, una perfección innecesaria de aderezo alguno. Sigo viendo tu rubio cabello y tus ojos azules, imágenes poco erosionadas por el tiempo, imborrables.
Tú, a quien coonocí en Seseña, dónde compartimos aula; dónde, desganados, resolvíamos asientos y matizábamos balances de situación. Me mirabas, me preguntabas, me sonreías; yo no era capaz de otra cosa que ponerme nervioso y pensar en tu hijo y en tu marido, quien, con su sola evocación, tenía la facultad de hacer desaparecer el brillo de tus ojos y sumirlos en un desconsuelo callado y oscuro. No estoy seguro, pero pudiera ser que salieses entonces de un involuntario encierro, cuya puerta abierta te descubrió sensaciones antiguas. También puede ser que yo esté flipando.
Para ti, debí desaparecer como a quien ha tragado la tierra; dejé de acudir a la academia cuando el destino travieso me apartó de tu lado en forma de empleo. Mi pecado es no haber regresado a buscarte, dejar deshacerse el lazo.
No he dejado de sentirlo, de ver tus ojos tristes, y nunca he dejado de desear tu abrazo y tus lágrimas de desahogo y alegría en mi cara. Sí se que desde entonces me pregunto: ¿dónde estás?
Os he soñado mucho en éstos últimos casi veinte años, no he dejado de pensar en vosotras. Vuestro recuerdo es un revulsivo grato y precioso que atesoro en mi memoria y en muchas de las palabras que escribo. Estaré para que me encierren porque, aún después de tantísimo tiempo, sueño con encontraros de nuevo. Mi destino es antojadizo y bien pudiera se decida a gastarme una nueva broma, como acostumbra, volviéndoos a poner a la vuelta de cualquier esquina.
Insisto: esto no es un cuento. Es una llamada, un grito. ¿Dónde estáis?
Algeciras, invierno de 2010.

