lunes, 27 de abril de 2009

No soy poeta.




Dejo de escribir, aquí y ahora.

¿A quien interesan dolor y delirio?
¿Quien ansía desvarío?

Soy sólo una mente trasnochada,
harta ya de visitar lugares comunes
y vomitarlos en el papel,
contaminando la pureza con negra bilis.

La pluma detesta ya toda inmundicia
que un cerebro astroso y mugriento le dicta,
y pide a gritos el suicido literario:
que el poeta fenezca antes del alumbramiento.

Beber las lágrimas,
contener el lamento,
trasiego de duelos sin significado,
ebriedad de deterioro esencial.

Todo eso, si:
todo eso y más,
mas no en estas páginas:
no merecen tanto despojo.


Ellas carecen de culpa.

Como tú.

jueves, 16 de abril de 2009

Poesía (uni)versal.

Cómo me hubiese gustado escribirte un beso.

La foto

Apenas fue una fracción de segundo. Vio la fotografía de reojo, en su visión periférica, pero no dudó de lo que había percibido. A la perplejidad siguió el regocijo: no había sido producto de su delirio.

Era cierto.

miércoles, 15 de abril de 2009

El poeta




El poeta solamente escribió versos tristes. Escribió poemas. Poemas y cuentos. Tristes, melancólicos, desgarradores. Cada vez que se ponía a garabatear el papel… tinieblas.

Tuvo una ferviente legión de admiradores que devoraban sus cuentos y su poesía, los editores lo asediaban, cada nueva obra se agotaba en cuestión de días, las ediciones se sucedían.

La poesía hizo al poeta colosalmente famoso y profundamente infeliz. Quiso escribir felicidad, provocar sonrisas, cantarle a la vida y al amor, al mundo y sus habitantes, al recogimiento del alma frente a un atardecer en el mar; quería escribir alegrías, besos, amaneceres, primaveras…

El poeta dejó de escribir. A tomar por culo. Que se jodan aquellos que disfrutan de un alma herida.

Ahora se dedica a vivir sus sueños. Recorre el mundo chupando candados, alicatando botijos, corriendo detrás de los aviones… disfrutar de los auténticos y profundos placeres de la vida.

La última vez que supe de él, se encontraba en un lejano país. Junto a una jubilosa carta me envió la fotografía de un candado. Un enorme, cromado y apetitoso candado, de los que ponen las glándulas salivares a trabajar sólo con verlo. Qué jodida envidia da el poeta.

Ya hace muchos años que no se de él.

¡Sigue acariciando tus sueños allá donde te encuentres, poeta!

Manda huevos.
[Sólo después de escribir estas palabras supe que el poeta había muerto. Alguien lo encontró en algún lugar recóndito con la lengua pegada a un hermoso candado... que calusuraba una valla electrificada]

Hoy hablé con el mar.


Hoy hablé con el mar, el vasto océano me oyó:
percibí que escuchaba atento mi dolido mensaje.
Paciente, me acariciaba los pies con olas efervescentes
oyéndome musitar con pasión desgarbada.

Y guardé silencio.
Y el mar me habló.

Sus palabras perdidas entre la rumorosa espuma:
sonidos no articulados de mi pensamiento sangrante.
Y amoroso continuaba arrullándome,
poniendo oídos a al ardor de mis versos llagados.

Y guardé silencio.
Y el mar me habló.

Si, el océano ha sentido la expresión de mi duelo,
como un padre bueno que escucha a su hijo llorar.
Y me ha mecido con su apaciguador murmullo.

Y guardé silencio.
Y el mar guardó silencio.

[El mar no habla, so cretino,
son los ecos de tu errada esencia purulenta,
que resuenan inconscientes de una realidad
que no te atenaza, sino que te libera.]

Es cierto, ¡oh, voz que no sé de donde vienes!
Voy a echarme unos tragos y meterme una raya
mañana, con el alba, veremos de otra manera,
más tenebrosa y desmoronada si cabe.

[Será mostrenco…]