miércoles, 15 de abril de 2009

El poeta




El poeta solamente escribió versos tristes. Escribió poemas. Poemas y cuentos. Tristes, melancólicos, desgarradores. Cada vez que se ponía a garabatear el papel… tinieblas.

Tuvo una ferviente legión de admiradores que devoraban sus cuentos y su poesía, los editores lo asediaban, cada nueva obra se agotaba en cuestión de días, las ediciones se sucedían.

La poesía hizo al poeta colosalmente famoso y profundamente infeliz. Quiso escribir felicidad, provocar sonrisas, cantarle a la vida y al amor, al mundo y sus habitantes, al recogimiento del alma frente a un atardecer en el mar; quería escribir alegrías, besos, amaneceres, primaveras…

El poeta dejó de escribir. A tomar por culo. Que se jodan aquellos que disfrutan de un alma herida.

Ahora se dedica a vivir sus sueños. Recorre el mundo chupando candados, alicatando botijos, corriendo detrás de los aviones… disfrutar de los auténticos y profundos placeres de la vida.

La última vez que supe de él, se encontraba en un lejano país. Junto a una jubilosa carta me envió la fotografía de un candado. Un enorme, cromado y apetitoso candado, de los que ponen las glándulas salivares a trabajar sólo con verlo. Qué jodida envidia da el poeta.

Ya hace muchos años que no se de él.

¡Sigue acariciando tus sueños allá donde te encuentres, poeta!

Manda huevos.
[Sólo después de escribir estas palabras supe que el poeta había muerto. Alguien lo encontró en algún lugar recóndito con la lengua pegada a un hermoso candado... que calusuraba una valla electrificada]