El poeta solamente escribió versos tristes. Escribió poemas. Poemas y cuentos. Tristes, melancólicos, desgarradores. Cada vez que se ponía a garabatear el papel… tinieblas.
Tuvo una ferviente legión de admiradores que devoraban sus cuentos y su poesía, los editores lo asediaban, cada nueva obra se agotaba en cuestión de días, las ediciones se sucedían.
La poesía hizo al poeta colosalmente famoso y profundamente infeliz. Quiso escribir felicidad, provocar sonrisas, cantarle a la vida y al amor, al mundo y sus habitantes, al recogimiento del alma frente a un atardecer en el mar; quería escribir alegrías, besos, amaneceres, primaveras…
El poeta dejó de escribir. A tomar por culo. Que se jodan aquellos que disfrutan de un alma herida.
Ahora se dedica a vivir sus sueños. Recorre el mundo chupando candados, alicatando botijos, corriendo detrás de los aviones… disfrutar de los auténticos y profundos placeres de la vida.
La última vez que supe de él, se encontraba en un lejano país. Junto a una jubilosa carta me envió la fotografía de un candado. Un enorme, cromado y apetitoso candado, de los que ponen las glándulas salivares a trabajar sólo con verlo. Qué jodida envidia da el poeta.
Ya hace muchos años que no se de él.
¡Sigue acariciando tus sueños allá donde te encuentres, poeta!
Manda huevos.
Tuvo una ferviente legión de admiradores que devoraban sus cuentos y su poesía, los editores lo asediaban, cada nueva obra se agotaba en cuestión de días, las ediciones se sucedían.
La poesía hizo al poeta colosalmente famoso y profundamente infeliz. Quiso escribir felicidad, provocar sonrisas, cantarle a la vida y al amor, al mundo y sus habitantes, al recogimiento del alma frente a un atardecer en el mar; quería escribir alegrías, besos, amaneceres, primaveras…
El poeta dejó de escribir. A tomar por culo. Que se jodan aquellos que disfrutan de un alma herida.
Ahora se dedica a vivir sus sueños. Recorre el mundo chupando candados, alicatando botijos, corriendo detrás de los aviones… disfrutar de los auténticos y profundos placeres de la vida.
La última vez que supe de él, se encontraba en un lejano país. Junto a una jubilosa carta me envió la fotografía de un candado. Un enorme, cromado y apetitoso candado, de los que ponen las glándulas salivares a trabajar sólo con verlo. Qué jodida envidia da el poeta.
Ya hace muchos años que no se de él.
¡Sigue acariciando tus sueños allá donde te encuentres, poeta!
Manda huevos.
[Sólo después de escribir estas palabras supe que el poeta había muerto. Alguien lo encontró en algún lugar recóndito con la lengua pegada a un hermoso candado... que calusuraba una valla electrificada]
