En este lugar todo es miseria, ruina, destrucción y humo. Convivo con lo que queda de los cadáveres en descomposición que pueblan esta trinchera. Ya no queda nadie, hasta las ratas han desaparecido.
El silbido de los obuses ya no sobrecoge. A decir verdad, desearía que uno de ellos impactara de lleno en este agujero inmundo y acabe de una vez con este suplicio. No me caerá esa breva.
Un solo cartucho queda en la recámara. He estado tentado de llevarme el arma a la sien y terminar, pero no consigo reunir el valor o la cobardía necesarios para ello. Las carga el diablo y las disparan los tontos; no seré lo suficientemente tonto. O si: de lo contrario, no habría llegado hasta aquí.
De vez en cuando cesa la lluvia de proyectiles, pero el silencio que le sigue es aún más tormentoso. Ya no se oyen voces, gritos de dolor, palabras de ánimo. No quedan ni pájaros, ni conejos ni árboles. Hasta el viento ha callado. El zumbido y posterior estruendo de las bombas al tocar el suelo desierto se reanuda con pasmosa puntualidad y me devuelve a la rutina.
No se ya que hacer. Pienso en la familia, los amigos, la novia que en estos momentos estará en brazos de otro hombre, alguien responsable, quizá un empleado de banco o un funcionario que le ofrezca la seguridad que ansiaba, sin sobresaltos, familiar, tranquila.
Quiero morir. Me acerco la pistola a la barbilla y otra vez el coraje me abandona.
Hoy he tomado una determinación: delante de mi una alambrada, un campo de minas, fosos y una tupida barrera de artillería pesada me separan de la vida, y voy a atraversarlos.
Me pongo en pie, suelto el fusil, lanzo lejos la pistola, arrojo tu fotografía al barro teñido de sangre y me despojo de mi guerrera.
Salto, salto y corro con toda la energía de mis debilitadas piernas. Detrás de este infierno me espera la vida con los brazos abiertos.
Corro, corro y corro, los brazos en cruz, a pecho descubierto.


