lunes, 12 de enero de 2009

A pecho descubierto



En este lugar todo es miseria, ruina, destrucción y humo. Convivo con lo que queda de los cadáveres en descomposición que pueblan esta trinchera. Ya no queda nadie, hasta las ratas han desaparecido.

El silbido de los obuses ya no sobrecoge. A decir verdad, desearía que uno de ellos impactara de lleno en este agujero inmundo y acabe de una vez con este suplicio. No me caerá esa breva.
Un solo cartucho queda en la recámara. He estado tentado de llevarme el arma a la sien y terminar, pero no consigo reunir el valor o la cobardía necesarios para ello. Las carga el diablo y las disparan los tontos; no seré lo suficientemente tonto. O si: de lo contrario, no habría llegado hasta aquí.
De vez en cuando cesa la lluvia de proyectiles, pero el silencio que le sigue es aún más tormentoso. Ya no se oyen voces, gritos de dolor, palabras de ánimo. No quedan ni pájaros, ni conejos ni árboles. Hasta el viento ha callado. El zumbido y posterior estruendo de las bombas al tocar el suelo desierto se reanuda con pasmosa puntualidad y me devuelve a la rutina.
No se ya que hacer. Pienso en la familia, los amigos, la novia que en estos momentos estará en brazos de otro hombre, alguien responsable, quizá un empleado de banco o un funcionario que le ofrezca la seguridad que ansiaba, sin sobresaltos, familiar, tranquila.

Quiero morir. Me acerco la pistola a la barbilla y otra vez el coraje me abandona.

Hoy he tomado una determinación: delante de mi una alambrada, un campo de minas, fosos y una tupida barrera de artillería pesada me separan de la vida, y voy a atraversarlos.
Me pongo en pie, suelto el fusil, lanzo lejos la pistola, arrojo tu fotografía al barro teñido de sangre y me despojo de mi guerrera.
Salto, salto y corro con toda la energía de mis debilitadas piernas. Detrás de este infierno me espera la vida con los brazos abiertos.

Corro, corro y corro, los brazos en cruz, a pecho descubierto.

Humilde homenaje a Juan José Millás


Sigo intentando penetrar en el mundo que veo al otro lado del espejo. No desfallezco en la perseverancia de atravesar la línea que separa este universo de aquél que se encuentra bajo las plantas de mis pies. En ocasiones, cuando nadie me ve, me introduzco en el armario durante unos minutos, con la inútil esperanza de, al abrir la puerta, aparecer transportado en un dormitorio desconocido, en cualquier rincón del mundo. Otras veces, espero encontrar dentro del mío a uno de estos viajeros de ropero.

Sé que esos mundos paralelos a el nuestro existen, porque tu me has hablado de ellos. Por eso persevero.

Ayer tuve la capacidad y la oportunidad de hacerlo, pero hoy únicamente me siento tonto, muerto, bastardo e invisible.

En fin.

domingo, 11 de enero de 2009

Estar solo, sentirse solo.


El humo y el ruido inundan el local.

Estás sentado, acodado en la barra; lías un cigarro y le das un sorbo a la copa. Miras el televisor colgado en la pared, da igual lo que pongan porque no lo ves. El tiempo en ti discurre de manera diferente al exterior; la gente habla, ríe, gesticula y bebe, pero las manillas de tu reloj giran despacio.
En tu imaginación, una mujer se acerca con un cigarro entre los dedos, en busca de fuego, quizá una conversación, una sonrisa… Sexo fugaz, quizá una nota y un número de teléfono sobre la mesilla. Pero la realidad te golpea: no pasa nada, nunca pasa nada.

Pides otra copa, otra y otra. Sigue sin ocurrir nada.

De vez en cuando, alguien te mira: cruce de miradas esquivas.

Finges interés hacia el televisor: un partido de rugby. Por Dios, rugby, ¿desde cuando?

Consultar la hora, mirar hacia la puerta cada vez que entra o sale un cliente, fingiendo no estar solo, que no se perciba que estás solo, que esperas. Pero no estás solo, es peor: te sientes solo. Soledad que duele y atormenta.

Apuras la copa, pides la cuenta.

En la calle el frío es intenso, está helando. No importa: es menor que el frío que sientes dentro.

Tus pasos son vacilantes, desequilibrados por el alcohol y la desidia. Tu mirada turbia. La calle está helada y desierta, como tu espíritu.

Cuando llegues al rellano, introduzcas torpemente la llave en la cerradura y penetres en la oscura soledad de tu frío apartamento, nadie habrá esperando para recibirte, no habrá un beso, un "buenas noches", un "te quiero". Nadie te ofrecerá una sopa recalentada en el microondas ni se sentará a tu lado en el sofá, nadie te preguntará como fue el día.

Estás solo: te sientes solo, que es la auténtica soledad, la que duele, la que atormenta.

En fin

viernes, 2 de enero de 2009

Cuadro de Rosa Marrero


De nuevo en la consulta del loquero. Ya hacía meses. El caso es que hoy me he fijado con más atención en el cuadro que decora una de las paredes de la sala de espera. Lo había visto en multitud de ocasiones, pero hoy cobró un fuerte significado.

Es una pintura de Rosa Marrero, artista grancanaria, en la que aparece un hombre-isla emergiendo de las aguas, en posición fetal. A su alrededor, un dédalo de derroteros que lo circundan, atracan y escalan en diversas partes del cuerpo.

Al sur de este hombre-isla navega, alejándose, un pequeño barquito que va dibujando con su estela un nuevo rumbo.

Sobre su cuerpo, regalos, heridas, cicatrices...
¿Quién es el hombre-isla? ¿Quién la embarcación?
Ahora yo lo se.

Al pie del cuadro reza lo siguiente;

“De cuando lo descubrió por casualidad.
De las vueltas que le dio.
De cuando se fue y volvió.
De cuanto pudo abastecer.
De cómo finalmente perdió el rumbo…
Dedicado a lo que sí damos”.
Rosa Marrero

Otro dia le hago una foto.
En fin, ya me toca.