jueves, 13 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
El lado frío de la cama.
Leías con atención, el mundo te era ajeno. Tu cabello liso, moreno, se balanceaba a la altura de la barbilla al compás del traqueteo del vagón. Tus labios dibujaban una mueca risueña: la lectura te era grata. Sobre tus rodillas unidas, un bolso pequeño y sobre él las manos cruzadas sosteniendo el libro. Me gustaste mucho: me llamaron la atención tus rasgos suaves, tu nariz pequeña, el rictus alegre de tu boca y tus poderosos ojos marrones, tu sencillez en el vestir.
De vez en cuando alzabas la mirada sobre el libro y con un leve giro de tu cabeza dejabas vagar tu mirada en el paisaje nevado, los prados, las montañas, los encalados pueblitos que íbamos dejando atrás irremediablemente. Me deleitaba ante el descubrimiento de tu cuello delgado y moreno.
Yo regresaba del norte, sucio y barbudo, cansado. También aparentaba leer, pero era incapaz de retener dos frases seguidas: sólo podía mirarte, acaparabas toda mi atención. Ni ganas tuve de fumar en las siete largas horas que duró el viaje.
El tren llegó a Atocha puntual. Exhalaste un suspiro profundo mientras recogías tus cosas, y al cruzarte conmigo en el pasillo me dedicaste una mirada y una leve sonrisa. Si el mundo se hubiese acabado en ese preciso instante, ni me hubiera importado.
Me colgué la mochila al hombro y recogí mi bordón, resignado por la inminencia del fin de mi viaje.
Al subir al cercanías volvió a desaparecer mi cansancio cuando entre la sorpresa y la incredulidad volví a verte en el vagón. Permaneciste con la cabeza apoyada en el cristal, observando las luces de Madrid, mirando con curiosidad, como si no conocieses la ciudad o volvieras después de mucho tiempo, el necesario para transformar lo que un día nos fue familiar y cotidiano. Hasta que te quedaste dormida, y en la placidez que el sueño reflejaba en tu rostro descubrí que me estabas haciendo llegar al borde de la más intensa felicidad. Dormiste permitiéndome recrear en tu imagen, abriendo levemente los ojos en cada estación para luego volver a sumergirte en tus sueños, hasta que el tren se detuvo definitivamente.
Inspiraste hondo para volver a suspirar notoriamente. Bajamos de aquel vagón solitario, sumergiéndonos en el frío seco de la noche meseteña, y me pareció natural ver como nos dirigíamos hacia la misma parada de autobús. Te ayudé a introducir tus bultos en el maletero y le pedí al conductor dos billetes para el mismo destino: uno para ti y otro para mí. Esperé a que eligieses un sitio para inmediatamente sentarme a tu lado, aunque creo recordar que éramos los dos únicos pasajeros. No tuve pudor alguno en continuar mirándote descaradamente mientras el autobús devoraba kilómetros de la autopista. ¡Parecía tan irreal tu hermoso reflejo en la ventana mezclado con las luces externas de la carretera y las ciudades!
Ya me estaba comenzando a vencer el sueño, aún absorto en tu perfil, cuando el autobús se detuvo en la parada y las puertas se abrieron con un bufido, invitándonos a salir, expulsándome del paraíso.
Paré con desgana a un taxi que nos condujo hasta el portal del viejo edificio de ladrillo visto y acarreé tus maletas hasta la puerta. No nos dirigimos la palabra en el ascensor; los segundos que tardó en alcanzar la tercera planta se me hicieron eternos mirando la pantalla: cero, uno, dos, tres. Entramos en el apartamento oscuro y frío y su olor me hizo rememorar la soledad y el hastío.
Algunas veces pienso que perdí la oportunidad de conocer a aquella preciosa muchacha que coincidió conmigo en un vagón del Talgo en el que regresaba de La Coruña, de la cual me enamoré locamente y de quien no he vuelto a saber nada.
Ahora duermes a mi lado roncando y hablando en sueños, de vez en cuando te permites la licencia de soltar alguna ventosidad esporádica que ya no me hace puta gracia.
Mientras, yo me desvelo como casi todas las noches, en el lado frío de la cama.
De vez en cuando alzabas la mirada sobre el libro y con un leve giro de tu cabeza dejabas vagar tu mirada en el paisaje nevado, los prados, las montañas, los encalados pueblitos que íbamos dejando atrás irremediablemente. Me deleitaba ante el descubrimiento de tu cuello delgado y moreno.
Yo regresaba del norte, sucio y barbudo, cansado. También aparentaba leer, pero era incapaz de retener dos frases seguidas: sólo podía mirarte, acaparabas toda mi atención. Ni ganas tuve de fumar en las siete largas horas que duró el viaje.
El tren llegó a Atocha puntual. Exhalaste un suspiro profundo mientras recogías tus cosas, y al cruzarte conmigo en el pasillo me dedicaste una mirada y una leve sonrisa. Si el mundo se hubiese acabado en ese preciso instante, ni me hubiera importado.
Me colgué la mochila al hombro y recogí mi bordón, resignado por la inminencia del fin de mi viaje.
Al subir al cercanías volvió a desaparecer mi cansancio cuando entre la sorpresa y la incredulidad volví a verte en el vagón. Permaneciste con la cabeza apoyada en el cristal, observando las luces de Madrid, mirando con curiosidad, como si no conocieses la ciudad o volvieras después de mucho tiempo, el necesario para transformar lo que un día nos fue familiar y cotidiano. Hasta que te quedaste dormida, y en la placidez que el sueño reflejaba en tu rostro descubrí que me estabas haciendo llegar al borde de la más intensa felicidad. Dormiste permitiéndome recrear en tu imagen, abriendo levemente los ojos en cada estación para luego volver a sumergirte en tus sueños, hasta que el tren se detuvo definitivamente.
Inspiraste hondo para volver a suspirar notoriamente. Bajamos de aquel vagón solitario, sumergiéndonos en el frío seco de la noche meseteña, y me pareció natural ver como nos dirigíamos hacia la misma parada de autobús. Te ayudé a introducir tus bultos en el maletero y le pedí al conductor dos billetes para el mismo destino: uno para ti y otro para mí. Esperé a que eligieses un sitio para inmediatamente sentarme a tu lado, aunque creo recordar que éramos los dos únicos pasajeros. No tuve pudor alguno en continuar mirándote descaradamente mientras el autobús devoraba kilómetros de la autopista. ¡Parecía tan irreal tu hermoso reflejo en la ventana mezclado con las luces externas de la carretera y las ciudades!
Ya me estaba comenzando a vencer el sueño, aún absorto en tu perfil, cuando el autobús se detuvo en la parada y las puertas se abrieron con un bufido, invitándonos a salir, expulsándome del paraíso.
Paré con desgana a un taxi que nos condujo hasta el portal del viejo edificio de ladrillo visto y acarreé tus maletas hasta la puerta. No nos dirigimos la palabra en el ascensor; los segundos que tardó en alcanzar la tercera planta se me hicieron eternos mirando la pantalla: cero, uno, dos, tres. Entramos en el apartamento oscuro y frío y su olor me hizo rememorar la soledad y el hastío.
Algunas veces pienso que perdí la oportunidad de conocer a aquella preciosa muchacha que coincidió conmigo en un vagón del Talgo en el que regresaba de La Coruña, de la cual me enamoré locamente y de quien no he vuelto a saber nada.
Ahora duermes a mi lado roncando y hablando en sueños, de vez en cuando te permites la licencia de soltar alguna ventosidad esporádica que ya no me hace puta gracia.
Mientras, yo me desvelo como casi todas las noches, en el lado frío de la cama.
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