Strasbourg, 2010
jueves, 28 de octubre de 2010
Viaje a Ninguna Parte
Strasbourg, 2010
sábado, 16 de octubre de 2010
A Ninguna Parte
A Ningún Lugar.
¿No va a ningún lugar?
No, a ningún lugar, no: a Ningún Lugar.
Por favor, deme un billete de primera clase.
El viajero subió al vagón en el momento preciso en el que comenzaban a cerrarse las puertas y el silbato anunciaba el inicio de la marcha. Se sacudió la lluvia del sombrero y la gabardina, soltó la maleta y se sentó junto al cristal viselado de gotas de lluvia.
Era el único pasajero. La estación se alejaba.
Strasbourg, otoño de 2010.
Perder el tren.
Strasbourg, otoño de 2010
jueves, 25 de marzo de 2010
El perro.

Camina despacito por la senda empedrada, la misma por donde en otra época condujese a Belmonte con los serones cargados, de regreso del huerto. Hace ahora el camino solo, ya ni siquiera cuenta con la compañía de Campeón en sus paseos. Campeón murió el año pasado por estas fechas. Hará dos meses su nieto vino desde Madrid a visitarlo, llegó con un cachorro de labrador, un perro hace mucha compañía, dijo. Para estupor de su descendiente, rehusó el can sin más explicaciones que la negativa. Me sobrevivirá, razonó, no puedo ni pensar la pena del animal cuando se quede solo.
Recordó la oscura congoja de aquel que acogió cuando, aún joven, trabajaba en el cementerio de Navahermosa. Había enterrado a un paisano hacía un par de días, y desde entonces el perro no se había movido en ningún momento de al lado de la tumba. Jamás volvió a ver un desamparo tan sombrío como el que los ojos del animal reflejaban. Que pensaría el perro. Hasta dónde alcanzaría su tristeza. Apenas lambeaba un poco la escudilla y bebía algo de agua, volvía a su pena negra, mirando la lápida, vislumbrando que no alcanzaba a comprender. Puede ser que no entendiera el por qué de la ausencia, la razón del abandono. Bien puede ser que, comprendiendo, se estuviese abandonando. Una tarde, después de recoger los aperos, el animal le siguió hasta la casa.
-No quiero perros en casa -dijo la mujer.
-Este perro se queda.
-¿Qué clase de mosca te ha picado?
-Se queda conmigo. Nunca vi una soledad igual.
-¿Qué?
-Nada.
-Tú siempre con tus jilipolleces, que me tienes más que harta. Anda y haz lo que te venga en gana. Desgraciao.
Vivió un par de años más, debía ser ya viejo o quizá fue la tristeza quien se lo llevó; en el tiempo que vivió jamás se le oyó ladrar, gruñir o mover el rabo. Tumbado junto al hogar con la cabeza sobre las patas, sólo miraba el fuego y resoplaba, el mismo perfil todas las noches proyectado en la pared por el fanal encendido. Era su resuello un suspiro capaz de fundir un alma de acero. Todos los días salía con el sol y regresaba al ocaso. Iba al cementerio.
La mujer murió, apareció Campeón. Después del entierro, más abatido por una culpa nacida de la falta de un sentimiento que por la tristeza en si, caminaba por esta misma calzada, dicen que de la época de los romanos, dónde, mozo, la había conocido. Al detenerse junto a la fuente para calmar la sed, sintió la mirada del perro en la cerviz. Advirtieron lo mismo el uno en los ojos del otro. Los del perro hablaban. Bebieron, el animal de la pila y el hombre del caño. Se sentaron. Lloró. Era la suya una soledad antigua, la pesadumbre eterna de quien ha vivido otra existencia. Fuera de su espacio, siempre, espíritu sublime entre sobrevivientes, hálito contenido. No le afligía la muerte de la mujer, qué coño sacarás de esos libros y de estar todo el santo día viendo las nubes pasar, más me hubiese valido casarme con el hijo del boticario, mira que me requería, y mírame ahora, desgraciao. Se dolía de un desconsuelo añejo. Supo que el perro estaba allí para seguirlo y quedarse con él, como fue. Junto a la fuente, se vio en los ojos del animal, que asistió a su llanto, callado, imponente el porte, herencia de una raza, mirándolo sin compasión ni condescendencia, es lo que menos el hombre persigue, y si lo quiere no lo necesita. Fue su compañero: yo te comprendo, amigo, no tengo en los ojos la venda de tus congéneres, nada me estorba la vista, déjame errar contigo por la senda empedrada, no tengo nombre. Sin decir palabra, acompáñame, dijo el hombre.
-Imponente animal, ¿Cuál es su nombre?
-Campeón -respondió, por no mentar a un dios. Jamás hubo de llamarlo de forma alguna, nunca precisó ser nombrado.
Pero ahora todo da igual, lo que queda es nada. Camina sereno apoyando el bastón en los adoquines más estables, con mucho tiento, pisando en firme, no vaya a caer aquí, vete a saber cuanto tiempo podría estar en el suelo hasta que pase cualquier alma que pueda socorrerme. Cae la tarde, hace rato que el Sol ha desaparecido tras las montañas, espero alcanzar las luces del pueblo antes de que cierre la noche.
Al llegar a la fuente se detiene y, mirando atrás, ve los últimos rayos de sangre reflejados en las nubes que los picachos desvencijan. La luz del día que muere se refleja en sus ojos anegados por las lágrimas. Se sienta en el brocal, apoya las manos en el bastón y sobre ellas la barbilla. Mira atrás y no piensa nada. Para qué. Mirar hacia atrás: delante no hay nada.
Aparece entonces el perro sobre la peña en penumbra y lo mira. Su silueta apenas se recorta contra la última luz de un cielo que se va cuajando de estrellas. Sus ojos hablan un lenguaje cósmico. Eleva el hocico a la Luna y aúlla una oración universal capaz de silenciar al mundo.
Mañana lo encontrarán como está, sentado junto al surtidor que ya no manará mas, qué extraño fenómeno habrá desviado el venero, el perro parece muerto también, si, está muerto. No comprenden, pero no hay desconcierto tampoco. Nunca entendieron. Ya no entenderán. No quieren. Para que.
No saben que camina junto al perro y el horizonte no existe.
Enrique García
Arucas, primavera de 2010
martes, 23 de febrero de 2010
Dos mujeres a quienes he amado.
Podría ser, en mi memoria, como aquella película francesa en que una chica guapa y morena espera un tren junto al andén. Peinada a lo garçon, con una gabardina tres cuartos que deja ver sus hermosas piernas enfundadas en negras medias, las manos en los bolsillos y unos preciosos ojos negros pendientes del lugar por dónde ha de aparecer la columna de humo de la locomotora… pero no: yo estaba en lo alto de un andamio, salpicado de cemento fresco, tu en un patio interior tendiendo unas bragas al sol.
No logro recordar ni tu nombre, hay que joderse. Podría hacer un esfuerzo por encontrarte y probablemente lo lograría… no se, porque en cierta forma temo lo que pueda encontrar. Me es inadmisible no quedarme tu recuerdo alegre, tarareando la canción de aquel verano, sujetando una traba entre tus dientes blancos, con las braguitas en las manos alzadas para alcanzar la línea, facilitando que tus redondas y perfectas tetas se ciñesen a la ajustada camiseta de hombreras. Para volverlo a uno loco.
Pasó el tiempo y, con tu imagen indeleble en mi memoria, una mañana me topé contigo en el aula de la autoescuela. Creí perder el juicio al recibir tu sonrisa; eras tal y como permanecías en mis recuerdos: tu pelo corto, tu nuca desnuda y apetitosa, tus ojos negros y tus labios hechos para mi imaginación.
Tú, que tendías tus braguitas al sol en un patio de una casa de Carranque, en una soleada mañana del 92 o el 93, que estudiaste el código de la circulación junto a mi en la autoescuela Ámbar, de Illescas, en el verano de 1994 y con quien celebré mi aprobado después de abollar el viejo Renault 18 blanco con el que fui a buscarte cuando, contra todo pronóstico, aceptaste mi invitación con una sonrisa deliciosa que me puso nervioso hasta el paroxismo. ¿Recuerdas mi agitación cuando subiste al coche con tu corta falda y tus perfectas piernas? ¿Recuerdas el porrazo que le dí contra una señal de tráfico nada más arrancar, presa de una conmoción perturbadora y feliz por tenerte al lado? Bonito estreno… y dichoso. A partir de ahí, la memoria se desvanece. Tampoco recuerdo cuando comencé a preguntarme: ¿dónde estás?
II
Me pedías un auxilio que no supe ver ni ofrecerte. Detrás de una mirada prematuramente madura y triste escondías una niña anhelante de risa, ternura y abrazos, que me solicitó sin pedirla una atención que no te supe procurar. Me invitaste a una copa, infeliz de mi, y no alcancé ver, inocente y despreocupado, la gran oportunidad de… ¿para que seguir? En verdad es inútil tratar de recomponer lo que no se hizo.
Mujer precoz, tus ropajes baratos y ajenos a toda moda, tus manos curtidas por el trabajo, tu rostro cansado y tu cabello descuidado no lograban eclipsar esa belleza esencial a quienes, como a ti, les son inherentes un cuerpo delicado y una ternura infinita, una perfección innecesaria de aderezo alguno. Sigo viendo tu rubio cabello y tus ojos azules, imágenes poco erosionadas por el tiempo, imborrables.
Tú, a quien coonocí en Seseña, dónde compartimos aula; dónde, desganados, resolvíamos asientos y matizábamos balances de situación. Me mirabas, me preguntabas, me sonreías; yo no era capaz de otra cosa que ponerme nervioso y pensar en tu hijo y en tu marido, quien, con su sola evocación, tenía la facultad de hacer desaparecer el brillo de tus ojos y sumirlos en un desconsuelo callado y oscuro. No estoy seguro, pero pudiera ser que salieses entonces de un involuntario encierro, cuya puerta abierta te descubrió sensaciones antiguas. También puede ser que yo esté flipando.
Para ti, debí desaparecer como a quien ha tragado la tierra; dejé de acudir a la academia cuando el destino travieso me apartó de tu lado en forma de empleo. Mi pecado es no haber regresado a buscarte, dejar deshacerse el lazo.
No he dejado de sentirlo, de ver tus ojos tristes, y nunca he dejado de desear tu abrazo y tus lágrimas de desahogo y alegría en mi cara. Sí se que desde entonces me pregunto: ¿dónde estás?
Os he soñado mucho en éstos últimos casi veinte años, no he dejado de pensar en vosotras. Vuestro recuerdo es un revulsivo grato y precioso que atesoro en mi memoria y en muchas de las palabras que escribo. Estaré para que me encierren porque, aún después de tantísimo tiempo, sueño con encontraros de nuevo. Mi destino es antojadizo y bien pudiera se decida a gastarme una nueva broma, como acostumbra, volviéndoos a poner a la vuelta de cualquier esquina.
Insisto: esto no es un cuento. Es una llamada, un grito. ¿Dónde estáis?
viernes, 19 de febrero de 2010
Estela

Dos ideas contrapuestas y en apariencia incompatibles comparten, sin embargo, el espacio de sus pensamientos, sin pretenderlo, en contra de su naturaleza contradictoria. A un lado, lo que deja atrás es ya suyo, forma parte de su esencia: casas, caminos, barrancos, lugares, calles, plazas, bares, amantes, amigos, el mar omnipresente. A otro, desengañado por la experiencia de idealismos yermos, persuadido de la recreación de una historia antigua que se redunda: sensación común, por lo frecuentada, pero ilusoria. No volverá.
Un trago de güisqui reconcilia sus pensamientos, o al menos les ayuda a ignorarse entre sí.
En los viajes de ida no mira hacia atrás: evitando así toda invocación a los demonios de la añoranza y la soledad. Por eso no sale a cubierta para ver cómo el terruño desaparece bajo las aguas, ni a contemplar cómo la larga estela del barco se disipa en espuma en aquella dirección. Nunca acude a proa para sentir el viento y ver emerger sobre un nuevo horizonte las tierras por descubrir y caminar. Metáforas trilladas, lugares harto comunes de tan hoyados. De vuelta de eso.
Así que se abandona al sopor y la música, al dulce sosiego del hachís, el güisqui, el oscilar de las olas.
Contrapunto, reflexión lenitiva: el tiempo ha sufrido una combustión inmoderada, rápida e imperfecta en la isla. Los rescoldos, aún incandescentes, no quedan más que cubiertos por una ceniza protectora, mortecinos pero vivos, que despabilarán, una vez oreados, un fuego fresco, inédito y animoso.
viernes, 29 de enero de 2010
La ciencia de tu beso.

La chispa de un pensamiento se origina en tu cerebro, y casi simultáneamente la intención de expresarlo. De inmediato, el encéfalo genera una orden cuya señal se transmite de neurona a neurona, de axón a dendrita, vía sinapsis, a través del sistema nervioso. En cuestión de milisegundos, este impulso salido de tu materia gris recorre un corto trecho de la médula espinal, tomando a la altura de la primera vértebra torácica un desvío hacia el plexo braquial, desde dónde viaja por el nervio mediano, acompañando a la arteria humeral hasta la muñeca para dividirse a partir de aquí en pequeños impulsos que se separan por las diversas ramificaciones nerviosas que estimulan los músculos de los dedos. Índice, corazón y anular de tu mano izquierda presionan tres teclas; el corazón de la derecha, una.
La presión de cada tecla cierra un circuito eléctrico, generando cinco impulsos que son enviados al microprocesador de tu computadora. Simultáneamente aparece en el monitor una palabra que te hace esbozar una pequeña sonrisa; acto seguido pulsas la tecla “Intro”. Levantas las manos del teclado, apoyas tu espalda en el respaldo de tu butaca y enciendes un cigarrillo.
Antes siquiera de iniciar el gesto de recostarte, el programa de mensajería instantánea ha convertido tu palabra en ceros y unos, lo ha enviado en forma de electricidad a través de un enrutador a la red, ha recorrido miles de kilómetros a través de líneas telefónicas, cables, empalmes… Por el subsuelo, por los aleros de los tejados, sobre las calles, a través el aire, por el espacio exterior… Ha viajado por países en los que nunca estuve, lugares con gentes de otra piel y otras lenguas. Ha sido electricidad, luz y ondas, lo mismo es.
De servidor en servidor a lo largo y ancho del mundo, ha entrado finalmente en mi ordenador por el mismo camino que salió del tuyo. El mismo programa que utilizaste para enviarme el amable mensaje, se encarga ahora en mi ordenador de traducir los ceros y unos del código binario en caracteres legibles para enviarlo a mi monitor, donde estimula la química de los píxeles, encargados últimos de representar, unidos formando signos, tu palabra para mi.
La inmensa cantidad de longitudes de onda que emite mi pantalla activan las células receptoras de mis ojos, aunque sólo las que están contenidas entre rojo y el violeta continuarán el viaje, no sin antes haber sido preparadas a tal efecto por una serie de lentes naturales que conforman mis globos oculares. Éstos foto-receptores transforman dicho estímulo, de nuevo, en energía fotoquímica para después transmitírsela a las neuronas sensitivas, que finalmente se encargan de amplificarla y transmitirla, a través de la multitud de neuronas que forman el nervio óptico, a mi cerebro que, al recibir tu mensaje, con gran regocijo decide ordenar la segregación de ciertas endorfinas que obran el efecto de hacerme sentir bien.
Y es que lo que he recibido de ti es un beso.
Un beso mecánico, energético, óptico, eléctrico, informático, viajero y sedante.
Un beso tuyo.
Un beso que viene desde el otro lado del ancho océano, que quizá haya dado la vuelta al mundo y salido incluso del planeta, periplo en el que apenas habrá invertido una ínfima fracción de segundo.
Como si estuvieses a mi lado.
Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2010.
lunes, 25 de enero de 2010
Vivir, viviendo.
Infinitivo. Tiempo sin tiempo, persona ni número: máxima expresión de la acción. Somos todos, contenidos en todos los tiempos. Abstracto y general. Abstracto y surreal. Verbo y sustantivo. Todo. Pureza, esencia. Como tu.
Gerundio. Solución del movimiento continuo. Pasado y presente, anterioridad y simultaneidad; presente ficticio (fluido goteando entre mis dedos). Así, –algún académico pedirá mi cabeza- futuro inmediato del cual, junto al pasado más adyacente, se conforma un presente que aquí y ahora declaro ilusorio. Línea continua prolongada en el tiempo. Incesante, perpetua y eterna. Perenne. Como tu.
Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2010.
martes, 15 de diciembre de 2009
Desexistencia
Paso algunas mañanas sentado en el banco de la Calle Real. Un pensamiento recurrente cuando veo a todas esas personas que caminan frente a mi, es la absoluta indiferencia con que sus vidas discurren sin tener idea alguna de mi presencia y sin que yo haya reparado en la suya, hasta que lo hago. No deja de ser curioso como la existencia o no de las cosas depende del conocimiento de ellas. ¿Ves aquella muchacha de la falda ajustada? Camina despreocupada observando los escaparates, ajena; ayer no era nadie y hoy es la muchacha que mira escaparates en la Calle Real; de igual modo, yo no soy nadie para ella (de momento).
La desexistencia tampoco existía hasta que he caído en ella.
Pero nada de esto me preocupa en exceso porque hoy no tengo ganas de existir sino para los mendigos y los músicos callejeros, así que permaneceré sentado en el banco de la Calle Real haciendo que la gente que camina exista para mi. Hoy desexisto.
Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2009.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
jueves, 19 de noviembre de 2009
Muertes convergentes
Pero ahora la materia de sus sentimientos estaba hecha de desprecio, asco y hastío. Y cada día que se sumaba al calendario de su vida en común no hacía sino acrecentar su rabia. A esto le habían llevado la indolencia, los desplantes, la falta de muestras de cariño, su indiferencia por ella. Y le había querido mucho, sin condiciones, casi con veneración, pero en otro tiempo. Ocurrió con tal lentitud, en un plazo tan amplio, que en realidad Martina no pudo darse cuenta sino cuando el desamor fue ya un hecho consumado, cuando nada pudo hacer para remediarlo. Cuando el cambio es tan paulatino como la variación del genoma de una especie, entre una y otra mutación apenas se observan diferencias, si es que pueden advertirse; pero al irse acumulando en el tiempo comienzan a ser patentes las divergencias, sin haber sido advertidas a lo largo de las alteraciones intermedias. Así mutó el amor de martina en odio.
Acabó el cigarro y con la colilla del anterior encendió otro.
Jorge sorbió con pausa un largo trago de cerveza, sin tan siquiera reparar en la presencia de Martina. No estaba borracho, aunque si en un ligero estado de ebriedad suficiente para aplacar su espíritu y mantenerlo pegado al sofá. No quería a Martina; no la había querido nunca. De ella lo atrajo su físico y su elegancia. Era exageradamente guapa y elegante, poseedora de un cuerpo que, sin ser demasiado voluptuoso: irradiaba una sensualidad, una atracción, un magnetismo fuera de lo común. Cuando caminaba por la Calle Real, las miradas masculinas convergían con unanimidad en un punto: el que trazaba la trayectoria de sus caderas avenida arriba. Lo que más animó a Jorge fue el hecho de que la pieza más codiciada y pretendida del barrio (y de la ciudad) se hubiese interesado por él, que nunca hizo un esfuerzo patente, todo lo contrario que el más que nutrido grupo de pretendientes, que formaban legión. Para rematar, Jorge se encontraba solo. Solo, solo. Del todo. Solo en casa, solo en su trabajo, solo en los bares, solo en la playa, solo en una ciudad extraña y distinta entre cuyos habitantes se sentía solo, rodeado de gentes con quienes no compartía nada, donde había llegado sin intención de quedarse, siempre en busca de nuevas perspectivas. Con ella fue entrando en una confortable rutina de citas, copas, restaurantes, cines, paseos, conversaciones banales y sexo, en un cómodo estupor, cálido estancamiento propicio a la putrefacción de sus aguas. Era lo más distinto a la vida que había deseado llevar él, viajero, aventurero, hombre de amplios horizontes y espíritu soñador que así dejó descomponer su mundo hasta que un día se dio cuenta del tufillo que la podredumbre de su existencia emanaba.
Manuel caminaba con su novia de la mano por la Calle Real. Bien vestido, la camisa tersa, estirada con un planchado impecable, tan justa y con el cuello tan abierto que casi dejaba asomar los enormes pectorales que pugnaban por romper los botones y remangada casi hasta el hombro permitiendo lucir unos poderosos bíceps. Los bruñidos zapatos relampagueaban a cada paso, aflojando el ritmo o incluso deteniéndose cuando su portador pasaba delante de un cristal donde verse reflejado, oportunidad que siempre aprovechaba para recomponer algún detalle de su aspecto o forzar los músculos en la medida adecuada para exhibirlos. Atendía con obsesión su fachada, cuidándose mucho de que las sumas que gastaba en la indumentaria comprada en las mejores boutiques de la Calle Real se viesen bien reflejadas en ostentosos logotipos.
Como siempre había querido lo mejor y Alicia era la chica más deseada de su instituto, le pareció natural no aspirar a un objetivo menos valioso. A la postre, era hija de uno de los mayores potentados de la ciudad, a quien desde niña nunca faltó de nada, desde los colegios más caros hasta los caprichos más extravagantes. Acostumbrado a obtener lo que le antojase, realizó el despliegue de toda la artillería de su donjuanismo hasta que, después de una larga serie de ofensivas y repliegues, conquistó su objetivo. Pero andando el tiempo no estaba tan seguro de haber hecho bien. Todo su afán era conocer a una chica, casarse, comprar un chalet con piscina en una urbanización del extrarradio, continuar con la tarea de amasar la pequeña fortuna legada por su padre y tener hijos que dieran continuidad al negocio familiar, como solía decirle su progenitor. Esos eran sus horizontes. Pero Alicia, incomprensiblemente, tenía otros. Lo que menos se explicaba Manuel era la falta de práctica de sus ideas. No le cabía en la sesera que se empeñase en viajar a aquellos países tan raros, tan sucios, tan polvorientos, a ver piedras viejas y comer potingues especiados hasta el delirio. No comprendía el entusiasmo que derramaba caminando hasta el agotamiento por aquellos senderos entre montañas y tierras de nombres tan difíciles de pronunciar, comiendo poco y descansando mal. Era absurdo que encontrase placer en dormir al raso expuestos a los insectos y las alimañas, pudiéndolo hacer en un buen hotel, al calor de una acogedora chimenea y disfrutando de jacuzzi, marisco y champán. La última extravagancia de su pareja lo tenía perplejo: le había propuesto comprar un buen velero -podríamos conseguir uno a buen precio aprovechando la crisis-, para lanzarse a la aventura durante un año –sabático, decía ella-. Joder, ¿es que no tienes suficiente con salir de vez en cuando a dar un paseo por La Marina, al cine, disfrutar los fines de semana de la playa, de unas copas en la discoteca, o de tus clases de equitación y música? Con toda la gente interesante que conoces gracias a mi: empresarios, políticos, altos funcionarios… no se, podrías sacarle algún provecho. En los mejores restaurantes, las mejores tiendas, los mejores locales nocturnos, en el club náutico –es cierto que no tenemos barco, pero es que allí nos codeamos con lo más granado de la ciudad-, nos llaman por nuestro nombre. ¿No estás satisfecha? ¿Qué más quieres?
Joder, tenía que haberme engominado más el flequillo… hostia, que camisa más chula, ¿te gusta? Voy a probármela.
Alicia entró en una tienda de ropa, de las más caras, cogida de la mano de Manuel. Una vez dentro del local aspiró una profunda bocanada de aire y la expiró en un clamoroso suspiro acompañado de un mohín de fastidio, haciéndolo muy evidente por si a alguno de los presentes no le quedaba claro que estaba allí muy a disgusto. La estirada dependienta le dedicó una mirada cargada de indudable desprecio, pasándola revista de arriba abajo y negando levemente con la cabeza, tras lo cual asió a Manuel del brazo y, deshaciéndose en elogios, lo acompañó a ver lo mas chic de lo mas cool –según sus propias palabras- de la última colección llegada de Italia.
Conocía a Manuel casi desde que aprendieron a hablar, sus padres solían hacer y recibir frecuentes visitas de los suyos, crecieron en la misma guardería, asistieron al mismo colegio y se graduaron en el mismo instituto. Pero nunca había albergado hacia él otro sentimiento que indiferencia. Llevaba toda la vida pavoneándose de sus musculitos, de sus éxitos como capitán en el equipo de fútbol local, del dinero de papá -que en realidad no era tanto-, de su apartamento en el sur (en primera línea de playa), de sus conquistas, de sus trajes, de su deportivo, en fin, de todo, porque lo que en realidad veía en él era eso: un pavo desplegando su cola de multicolores plumas. En ocasiones le parecía ridículo y payaso. Sin embargo, de improviso, Manuel le empezó a parecer otra persona: educado, atento, cariñoso y sensible, casi profundo incluso. Esta otra cara de la moneda que nunca había visto en él, la dejó descolocada e indefensa. Y poco a poco se la fue ganando con sus, en apariencia, recién adquiridos educación, atenciones, cariño y sensibilidad. Pero con el transcurrir del tiempo resultó ser todo espejismo y llegado al punto de inflexión de una hipotética curva ascendente hacia el corazón de Alicia, cuando él pensaba que ya estaba todo hecho y que su vida iba tomando el rumbo que más o menos había establecido, los valores que ella apreciaba comenzaron a decrecer, regresando gradualmente su personalidad a los niveles anteriores, a la rutina, banalidad, el egocentrismo, narcisismo y vacío que tanto asqueaban a Alicia. Tornaba a parecerle un ser ridículo y sin substancia, volvía a ver únicamente un penacho de plumas de irisados colores.
Martina pagó su cigarro mirando, desconsolada, a la gente pasar.
Jorge apuró la cerveza y apagó el televisor.
Manuel salió del comercio sonriente, alisándose el engominado cabello sobre las sienes, sin preocuparse en ceder el paso a su novia.
Alicia dejó cerrar la puerta tras de sí, aburrida y cansada, aliviada por la brisa fresca.
Martina alzó una pierna por encima de la baranda, luego la otra, y permaneció unos segundos suspendida de sus delgados brazos, de frente a la calle. Jorge, que no podía creer lo que estaba viendo, lanzó un grito de pánico y, saltando como impulsado por un resorte, corrió en dirección al balcón con el rostro desencajado. Ella, con absoluta tranquilidad, abrió las manos y se dejó caer.
Manuel, cargado de bolsas, alzó la vista al oír los terroríficos alaridos que procedían del balcón de una de las muchas torres que cercan la Calle Real, en el momento preciso en que un rostro hermoso y sereno se dirigía hacia él con la velocidad que le imprimía la fuerza de la gravedad. En esa fracción infinitesimal que medió entre ver aquel semblante angelical y ser espachurrado contra el adoquinado por aquel delicado cuerpo, supo con toda certeza que estaba ante la mujer de su vida.
Martina, en los momentos inmediatos al impacto, vio la expresión de incomprensión de Manuel viéndola venir hacia si y se enamoró instantánea y profundamente de aquél hombre, antes de precipitarse sobre el y morir en el acto.
Jorge se asomó al balcón profiriendo aullidos de desesperación, llegando a tiempo para ver la macabra estampa que ofrecía el cuerpo de su novia despanzurrado en la calle sobre el cuerpo de un hombre desconocido. A su lado, una mujer visiblemente traumatizada, lloraba y gritaba sin saber que hacer, observando la misma desagradable escena, impotente. Pero el destino continuaba jugando caprichoso: converger sus miradas y serenarse sus semblantes fue todo uno. Permanecieron mirándose a los ojos durante un tiempo confuso, sosegados, plenos de paz, contemplando serenos a la persona a quien ya, desde ese momento, estaban amando.
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(Recortar por la línea de puntos)
De repente estalló la bomba. La onda expansiva recorrió la Calle Real en todas las direcciones, destruyéndolo todo.
Illescas, invierno de 2009.
sábado, 17 de octubre de 2009
El Hombre y la Tierra
Renegáis de vuestros orígenes. Me despreciáis porque de mis paredes no penden títulos ni diplomas, sino herramientas. Camináis entre árboles prisioneros del asfalto. Vuestros pies no hoyan la tierra por no ensuciar vuestros bruñidos zapatos. Construís puentes, túneles y carreteras. Desviáis los cursos de agua y hacéis retroceder al mar. Viajáis al espacio y al fondo del océano. Os creéis dioses, míseros mortales. ¿Domináis la naturaleza? No: simplemente estáis destruyendo la parte que os acoge, parcela minúscula del Universo del que os pretendéis centro. No pensáis en vuestros hijos ni en vuestros nietos. No respetáis a vuestros ancestros. Mas tampoco vivís el presente, angustiados por el futuro y afligidos por el pasado.
No conocéis el lenguaje de los astros, los vientos, las mareas y el bosque.
Creéis entender porque creéis saber explicar. Podríais pasar mil años leyendo y comentando a vuestros filósofos sin llegar a comprender ni siquiera la superficie. Pedantes. Cargados de afectación pregonáis su mensaje y os explayáis en interpretaciones. Ignorantes. Pretender explicar no es conocer. Deben estar riendo en el infierno, recreándose en vuestra ignorancia. Ilusos.
No sois nada, y creedme: esto continuará con o sin vosotros; así ha sido durante millones de años.
Haced lo que queráis: la naturaleza encontrará otra forma de tomar conciencia.
“El hombre es la naturaleza tomando conciencia de sí misma”
Elisee Reclus, “El hombre y la Tierra”
Algeciras, otoño de 2009.
lunes, 12 de octubre de 2009
¿Qué hago con los recuerdos que no me pertenecen?
¿Quién se está apropiando de mis recuerdos? ¿Por qué ya no quieren los suyos? ¿Y que hago con ellos? Historias, doctor, con cada recuerdo construyo una historia. Y la escribo. Pero tengo que darme prisa en escribir la mía… ¿Doctor?… ¡Doctor!…
¡¡Doctor!!… ¿Quiénes son esos señores con batas blancas? Pero… ¿Qué hacen? ¿A dónde me llevan? ¡Suéltenme!
martes, 29 de septiembre de 2009
Huevos a la flamenca.

¿A dónde van las fotos de la caja de galletas?
¿A dónde va aquello que sucumbe a la purificación del incendio?
¿Y al tiempo?
¿A dónde van?
¿A dónde va la memoria de los viejos y de los moribundos?
¿Y la de los muertos?
¿A dónde va?
¿A dónde va la infancia, el amor, las ilusiones y las esperanzas, los proyectos, las experiencias, las lecturas, la música, las historias, las mentiras y los secretos, los besos, lo dicho y lo callado, los paisajes, lo trabajado, la añoranza, los amigos, los atardeceres, el sexo, las sensaciones, el frío, el calor, lo dulce, lo amargo, el tacto tibio de tu piel? ¿A dónde van?
Hace ya muchos años -si, ya el tiempo pasado empieza a computarse como mucho- regresó mi madre un día a casa con un puñado de fotografías antiguas -¿qué distingue lo antiguo de lo viejo?- que alguien había arrojado a la basura. Sólo era un crío, pero recuerdo el hecho con la nitidez con que sólo las vivencias intensas hacen mella en la memoria. Fotografías de familia, importantes hitos en la vida del común: la primera comunión, la jura de bandera, la boda, el bautismo de los hijos. Resumen en sepia de toda una vida.
Toda una vida.
Una vida.
La vida de un hombre que rió, lloró, amó, sufrió, besó, fue feliz y desdichado. La vida de un hombre. Un hombre que fue niño, fantasía, juego, amigo, proyecto y futuro. Miré a los ojos de aquel hombre sin alcanzar a comprender la razón de que su recuerdo hubiese terminado en el olvido de un contenedor de basura. Me contó mi madre que sus herederos desecharon todo aquello de lo que no pudieron obtener un beneficio económico. Al final, un cartel con letras negras sobre fondo rojo, un número te teléfono. Se vende. Sentí una rabia y un odio profundos hacia aquellas personas que hoy hoyan esta tierra gracias a que él, en otro tiempo, amó. Miré a los ojos de aquel hombre vestido de uniforme, la mano derecha sobre la izquierda y ésta sobre una silla tapizada, el fondo de nubes pintadas sobre lienzo, galones de cabo en los puños. Miré a los ojos del hombre y lo ví vivo.
Aquello causó en mi una extraña conmoción. Aunque, con el tiempo, también lo olvidé. Hoy no se que fue de aquellos retratos –todo eran retratos: la fotografía en aquel tiempo era un lujo que sólo se podían permitir para inmortalizar los momentos cumbre-. ¿Dónde están sus recuerdos? ¿Dónde está su vida? ¿A dónde ha ido? Puede que la única memoria que quede de él sea yo. Que triste. E inevitable, también.
¿Qué será cuando perdamos la memoria? Aquello que no recordamos, ¿deja de existir? Tengo treinta y cuatro años y una amnesia selectiva y traviesa juega conmigo. Rememoro con intensidad experiencias tremendamente lejanas y aparentemente carentes de importancia y, sin embargo, me cuesta gran esfuerzo retener un nombre, recordar dónde dejo las cosas o qué era aquello tan importante que tenía que hacer hoy. Trato de pensar que no deben ser tan importantes cuando mi cerebro las desecha, pero no: más a menudo de lo que quisiera, olvido cosas trascendentales… y no tanto.
No puedo dejar de resistirme a creer que cuando desaparezca el último hombre, desaparecerá la memoria. Y todo terminado. Fin. The end. Pero es lo que pienso, qué le voy a hacer.
La memoria, ¿a dónde va?
Ayer se me estropeó un disco duro. Pasa que hay cosas en las que no nos detenemos a causa de una indiferencia que nace de la costumbre y, sin embargo, deberían tener capacidad de asombrarnos. Un disco duro es un dispositivo de almacenamiento de datos del tamaño de una caja de tabaco. Y en él cabe una vida. Unos y ceros. Una vida. La hostia, unos y ceros, magnetismo e impulsos eléctricos. Fotografías, ideas, pensamientos, relatos, imágenes, recuerdos. Cosa de magia, en una cajita. Unos y ceros. La pregunta del informático, gurú de nuestro tiempo, fue si había copia de seguridad. Copia de seguridad, válgame Dios. Si tal cosa hubiese hecho, no estaría ahora suplicando tu intercesión. Mal apaño, sentencia. Veremos que se puede hacer, remata. La frase, más propia de un mecánico o un médico que de un sacerdote, desata mi desconsuelo. En tus manos pongo mi memoria. Ofreceré algún tipo de sacrificio al dios Bit o a la diosa Copia de Seguridad, para que me sean propicios. ¿Y mi copia de seguridad? Quizá en un futuro llegue el día en que, al regresar a casa, vuelque la memoria en un disco duro que me permita,mas adelante, trascender. No se, quizá así, cuando muera, estaré menos muerto. Y más inmediatamente, sabré donde tengo las cosas. Y cuándo es tu cumpleaños. Qué jilipollez.
Hace tiempo salí con una mujer que estaba segura de ser la última reencarnación de una larga serie de personajes. Puede ser, pero no lo se, ni creo que ella tampoco. Debe ser cuestión de fe, algo de lo que también carezco, a pesar mío. Ni Dios ni Buda, ni infierno ni paraíso; voy listo. No creo en una conciencia universal, un ser superior ni creador. Mis dioses son la naturaleza y el tiempo, y ambos caminan en un solo sentido. La única trascendencia posible será mi recuerdo, algo que tarde o temprano caducará, como la memoria del hombre de las fotografías: abocado a la extinción, en términos absolutos. Aristóteles puede haber trascendido algunos miles de años, pero no escapará tampoco. Ni la ciencia, ni la historia, ni la literatura, la música o el cine. Las columnas del templo de Atenea terminarán sucumbiendo, testarudas en su terco desafiar al tiempo. Ni naufragio, ni problema existencial: hechos. Recuerdo algo leído hace –mucho- tiempo, alguien decía que, si tuviera la opción, elegiría reencarnarse en videocasette: todo grabado, la posibilidad de borrar lo malo y rebobinar a su antojo lo bueno (como los momentos que paso contigo), una y otra vez. Pero no, no tengo esa fe, que jodienda.
Quizá de ahí provengan tanto mi melancolía como mi energía vital, que se alternan con una periodicidad que acojona. Y ambas tienen su sentido, su función: enseñarme a saborear cada momento como algo irrepetible. Por ejemplo, los huevos a la flamenca que tengo ahora delante. La ocupación es vivir (preocupación es otra cosa: pre-ocupación, ocuparse-antes-de). Me alegra ver que hay quien piensa que soy como un niño, pero no es suficiente: quiero serlo. Y hay quien se extraña y lo critica por no entenderlo. Allá ellos con sus hipotecas, sus recibos y sus facturas. Algún día los orines y la maleza invadirán sus casas ruinosas y vacías; alguien arrojará sus fotos a la basura. El disco duro petará y todo habrá acabado. Como el de los dinosaurios, los mamuts, los neandertales y el hombre de la fotografía. ¿Y a dónde han ido? Andandarán.
Están cojonudos estos huevos a la flamenca.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Paquita

-Paquita, mujer, usa el lavavajillas, que se te van a estropear las manos.
-¡Ay, señorito! Una ya está mas que acostumbrada-. Le muestra las manos hinchadas, callosas, enrojecidas, rugosas por años de trabajo físico. -Además, no sé ni como se enciende.
-No me llame señorito, mi nombre es Luis.
-Si, señorito como usté diga.
Paquita piensa que jamás hombre alguno la trató con tanto respeto, mucho menos un desconocido; "El señorito parece un santo".
-Paquita, usa la aspiradora, y la mopa, mujer, que te vas a deslomar.
-Señorito, ya estoy acostumbrada.
-Me llamo Luis, Paquita.
Mira por la ventana y a través del cristal ve un mundo soleado en abril. Los niños juegan y ríen en un parque infantil bajo la mirada condescendiente y risueña de unos padres abrazados, que se besan en los labios y se miran a los ojos.
-Paquita, descansa un poco, mujer, tómate un refresco, relájate.
-¡Ay, señorito! Ni tiempo tengo. ¡Y que vergüenza, coger el dinero de usté por estar sentada!
-Me llamo Luis, Paquita, y está todo muy limpio.
Si usté supiera, señorito, que mis prisas son por visitar a mi hijo, que cumple en la cárcel. Cuatro años por un robo con violencia. De eso no le faltaba no. Incluso me levantó la mano más de una vez, a mi, a su propia madre, por no querer darle para la maldita droga, por culpa del mono ese. Al zoo le mandé una noche, señorito, con su mono. Y el a mi a urgencias, con la nariz rota. Ya ve usté, una caída tuve que decir.
-Un día de estos de va a poner usted guapa, Paquita, y vamos a salir juntos al cine, o al Retiro, o a un baile.
-No diga usté tonterías, señorito, ¿dónde va a ir usté conmigo? Una buena mujer, de su edad es lo que le hacía falta, que bien le vendría, en vez de reírse de una pobre vieja.
-Me llamo Luis, Paquita, me duele la boca de decírselo, y me sentiría orgulloso paseando por Madrid con usted del brazo.
-Quite, quite, quién me vería-. Se sonroja y se da la vuelta, apurada, pasando el plumero por donde ya lo había hecho antes.
Definitivamente es un buen hombre; que distinto de mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! Me cruzaba la cara día si y día también, estuviera borracho o sereno, y por la razón mas simple. Treinta y cinco años recibiendo estopa a diario, ya ves tú, una niña era cuando me dió el primer sopapo la misma noche de bodas. Mire ustè que vida, ni los perros. Y mi padre lo animaba: "un par de buenas hostias a tiempo, Manolo, y derechita como una vela: mira la mía". En fin, que vida ésta.
El viernes pasado Luis esperaba a Paquita con un vestido nuevo y unos zapatos flamantes ¿de dónde sacaría las tallas? Subieron en un taxi, como señores, y fueron a dar un paseo al retiro; no se soltaba de su brazo. La invitó a merendar, después fueron al cine a ver una película muy romántica y con un final muy feliz, como le gustan a ella. Ya de noche la acompañó hasta su casa, también en taxi -si mis vecinas me ven-. Incluso tuvo el detalle de bajarse antes y abrirle la puerta.
Hasta ese día, Paquita no había tenido una primavera.
Hoy mira el mundo a través de la ventana del apartamento de José, la loza fregada y todo en orden, y sonríe, y canta.
Hoy sabe que abril existe, ahí, detrás de ese cristal.
El violinista de la plaza Santa Ana.
jueves, 13 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
El lado frío de la cama.
De vez en cuando alzabas la mirada sobre el libro y con un leve giro de tu cabeza dejabas vagar tu mirada en el paisaje nevado, los prados, las montañas, los encalados pueblitos que íbamos dejando atrás irremediablemente. Me deleitaba ante el descubrimiento de tu cuello delgado y moreno.
Yo regresaba del norte, sucio y barbudo, cansado. También aparentaba leer, pero era incapaz de retener dos frases seguidas: sólo podía mirarte, acaparabas toda mi atención. Ni ganas tuve de fumar en las siete largas horas que duró el viaje.
El tren llegó a Atocha puntual. Exhalaste un suspiro profundo mientras recogías tus cosas, y al cruzarte conmigo en el pasillo me dedicaste una mirada y una leve sonrisa. Si el mundo se hubiese acabado en ese preciso instante, ni me hubiera importado.
Me colgué la mochila al hombro y recogí mi bordón, resignado por la inminencia del fin de mi viaje.
Al subir al cercanías volvió a desaparecer mi cansancio cuando entre la sorpresa y la incredulidad volví a verte en el vagón. Permaneciste con la cabeza apoyada en el cristal, observando las luces de Madrid, mirando con curiosidad, como si no conocieses la ciudad o volvieras después de mucho tiempo, el necesario para transformar lo que un día nos fue familiar y cotidiano. Hasta que te quedaste dormida, y en la placidez que el sueño reflejaba en tu rostro descubrí que me estabas haciendo llegar al borde de la más intensa felicidad. Dormiste permitiéndome recrear en tu imagen, abriendo levemente los ojos en cada estación para luego volver a sumergirte en tus sueños, hasta que el tren se detuvo definitivamente.
Inspiraste hondo para volver a suspirar notoriamente. Bajamos de aquel vagón solitario, sumergiéndonos en el frío seco de la noche meseteña, y me pareció natural ver como nos dirigíamos hacia la misma parada de autobús. Te ayudé a introducir tus bultos en el maletero y le pedí al conductor dos billetes para el mismo destino: uno para ti y otro para mí. Esperé a que eligieses un sitio para inmediatamente sentarme a tu lado, aunque creo recordar que éramos los dos únicos pasajeros. No tuve pudor alguno en continuar mirándote descaradamente mientras el autobús devoraba kilómetros de la autopista. ¡Parecía tan irreal tu hermoso reflejo en la ventana mezclado con las luces externas de la carretera y las ciudades!
Ya me estaba comenzando a vencer el sueño, aún absorto en tu perfil, cuando el autobús se detuvo en la parada y las puertas se abrieron con un bufido, invitándonos a salir, expulsándome del paraíso.
Paré con desgana a un taxi que nos condujo hasta el portal del viejo edificio de ladrillo visto y acarreé tus maletas hasta la puerta. No nos dirigimos la palabra en el ascensor; los segundos que tardó en alcanzar la tercera planta se me hicieron eternos mirando la pantalla: cero, uno, dos, tres. Entramos en el apartamento oscuro y frío y su olor me hizo rememorar la soledad y el hastío.
Algunas veces pienso que perdí la oportunidad de conocer a aquella preciosa muchacha que coincidió conmigo en un vagón del Talgo en el que regresaba de La Coruña, de la cual me enamoré locamente y de quien no he vuelto a saber nada.
Ahora duermes a mi lado roncando y hablando en sueños, de vez en cuando te permites la licencia de soltar alguna ventosidad esporádica que ya no me hace puta gracia.
Mientras, yo me desvelo como casi todas las noches, en el lado frío de la cama.
viernes, 24 de julio de 2009
Delirium insomne

El rostro de mi padre me observa desde el retrato en la pared con gesto reprobatorio.
El aullido de las sirenas, las alarmas de los coches, la campana del reloj, el silbido de la tetera, el despertador, el griterío de los niños a la entrada del colegio (a las cuatro de la mañana de un tórrido mes de Julio), el violinista, el puto violinista.
Todos los perros de la ciudad se han confabulado esta noche para aullar al unísono; los grillos les corean.
La mancha del techo ha vuelto a cambiar de forma: hoy es un dios desconocido.
Niños muertos debajo de la cama, macilentos, pálidos. Sus inexpresivos ojos vidriosos también me miran.
El violín... el maldito violinista que toca una y otra vez la misma melodía fúnebre que me recuerda a Bach.
Dado todo por perdido me levanto de la cama, abro el armario y saco el fusil, lo cargo con un cartucho blanco y rojo, apoyo el culatín en mi hombro, acerco la cara y fijo al violinista en el punto de mira. El disparo retruena en la estancia, el retroceso de la descarga me hace tambalear y el fogonazo me ciega moentáneamente; es igual: nadie ve ni oye. Arrojo el arma a un lado al tiempo que veo al músico llevarse la mano al pecho, horrorizado. Me dirige una mirada triste de incomprensión. Trece pisos antes de caer sobre un coche reventando las lunas en un estrépito que se disipa pronto en el oscuro silencio. Aún sostiene el violín en la mano izquierda y el arco en la derecha.
El gato, desde la penumbra de un rincón, me mira y sonríe. Cuando aparto la vista del felino advierto consternado que el cuerpo del violinista ya no está sobre el coche y que este está intacto.
La niña se columpia en el parque, su cabello rubio y el vestido blanco se bambolean al compás del vaivén. Ella no me mira: sus ojos son sombras.
El gato continúa observandome y sonriendo me guiña un ojo. Esta noche al menos dormiré... o no.
miércoles, 22 de julio de 2009

Vulnerable al asedio, el hombre-isla descansa su plácido sueño, fetal, ajeno, lugar de paso, coordenadas olvidadas de portulano antiguo, escala accidental, alto incidental.
Una nave lo circunda buscando una cala calmosa donde fondear; se acerca, vira, se aleja, regresa, torna a rodearlo y vuelve a alejarse. En un principio el hombre-isla desconfía, pero termina ofreciendo, generoso, sus radas como abrigo. Por fin arriba, atraca y ancla. Toma posesión, lo explora, conquista, domina, construye y transforma.
Se surte y llena las bodegas para finalmente levar anclas y continuar su periplo. Se marcha, se aleja. Vira su proa en alguna ocasión hacia él, retomando después su rumbo hacia el sur.
Algo de aquel navío queda en él, guarnición ínfima dispuesta a evitar desembarcos e invasiones, apenas suficiente para mantener un recuerdo liviano del barco que ya se difumina en la calima, ocultándose tras el horizonte. Ahora habitado, esta presencia no mitiga el abandono ni consuela su añoranza.
El hombre-isla queda en medio del océano de nuevo solo, desnudo, mecido por las olas. Las caricias del viento ondulan su cabello crespo, el Sol le procura calor y dora su piel.
Sonríe y se encoge arrebujado al abrigo del agua oceánica.
martes, 21 de julio de 2009
De nada le sirvió negarlo.

Inspiré profundamente; lo que iba a decir era sumamente doloroso para mi:
-Quiero que te vayas ahora mismo. Ya.
-¿Ahora?
-Si, ahora, en el próximo tren.
-Pero…
-Y si no hay tren, te busco un hotel donde pasar la noche. Recoge lo necesario, el resto te lo enviaré mañana mismo- me temblaban las piernas al decir aquello.
Balbució un par de excusas sollozando: que estaba a mitad de curso, que debía terminar sus prácticas, que no podía dejarlo todo así, a medias. Hablaba sin seguridad, como sabiendo que sus palabras no tendrían efecto alguno en una decisión ya inapelable. Sin embargo, la expresión de su rostro no concordaba con lo que sus palabras querían dar a entender: su actitud era orgullosa y altiva; parecía estar encarnando un papel aprendido de memoria y representado sin convicción.
Pero esta vez yo creía tener al toro por los cuernos, me sentía preparado y seguro, y actuaba con aplomo:
-Demasiado será que te acerque a la estación y cuando pueda te envíe tus cosas.
Conduje despacio a lo largo de la autopista, pasando de una marcha a otra con parsimonia, siempre por el carril de la derecha, intentando aparentar una templanza que se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer desde que saliéramos del apartamento. No cruzamos una sola palabra en todo el trayecto. Detuve con suavidad el coche en la misma entrada de la terminal, y me limité a aguardar en silencio con las manos apoyadas en el volante, mientras ella sacaba su escasa impedimenta del portabultos. Sólo desvié la mirada del frente un instante, lo justo para ver como las puertas automáticas se abrían franqueándole la entrada, mientras caminaba con desgana arrastrando la maleta y los pies, la cabeza agachada y la mirada puesta en el suelo. Cuando las dos hojas de espejo se unieron de nuevo, observé mi propio reflejo en los cristales y en él la soledad y el desamparo. Subí el volumen de la música, metí primera y arranqué en dirección a la salida de la ciudad con un nudo en la garganta que en seguida se convirtió en un sollozo y finalmente en un torrente de lágrimas. En la radio, Black Sabath tocaban N.I.B.
Supe que desde ese momento todo iba a ser más sencillo, pero también más duro. No me dolía la traición, sino la soledad o el temor a ella.
Un oscuro y pesado desánimo se instaló en mi, y es desde entonces una carga que aún no he conseguido aliviar del todo, aunque la haya aprendido a tolerar.
lunes, 20 de julio de 2009
Tren en invierno.
Hoy la nieve oculta el escombro y el hierro oxidado con una capa uniforme que suaviza las formas, rellenando huecos e igualando prominencias. Cuando el trazado de la vía obliga al convoy a trazar una curva, veo desde la ventana cómo la locomotora levanta altas olas de polvo de nieve descubriendo rieles y traviesas en su monótono traqueteo hacia adelante, siempre hacia adelante.
El ferrocarril es un mundo en sí, un universo paralelo de varios metros de ancho pero infinito en su longitud. Ajeno al exterior, le sirve de conexión. También al exterior este submundo le es ajeno; el pasajero es su habitante efímero y deja de ser su poblador cuando abandona el andén. Más mientras se encuentra dentro, lo tiene presente y se siente morador aún en su nomadismo.
martes, 7 de julio de 2009
Ojalá me hubiera dado cuenta antes

lunes, 27 de abril de 2009
No soy poeta.

¿A quien interesan dolor y delirio?
¿Quien ansía desvarío?
Soy sólo una mente trasnochada,
harta ya de visitar lugares comunes
y vomitarlos en el papel,
contaminando la pureza con negra bilis.
La pluma detesta ya toda inmundicia
que un cerebro astroso y mugriento le dicta,
y pide a gritos el suicido literario:
que el poeta fenezca antes del alumbramiento.
Beber las lágrimas,
contener el lamento,
trasiego de duelos sin significado,
ebriedad de deterioro esencial.
Todo eso, si:
todo eso y más,
mas no en estas páginas:
no merecen tanto despojo.
jueves, 16 de abril de 2009
miércoles, 15 de abril de 2009
El poeta
Tuvo una ferviente legión de admiradores que devoraban sus cuentos y su poesía, los editores lo asediaban, cada nueva obra se agotaba en cuestión de días, las ediciones se sucedían.
La poesía hizo al poeta colosalmente famoso y profundamente infeliz. Quiso escribir felicidad, provocar sonrisas, cantarle a la vida y al amor, al mundo y sus habitantes, al recogimiento del alma frente a un atardecer en el mar; quería escribir alegrías, besos, amaneceres, primaveras…
El poeta dejó de escribir. A tomar por culo. Que se jodan aquellos que disfrutan de un alma herida.
Ahora se dedica a vivir sus sueños. Recorre el mundo chupando candados, alicatando botijos, corriendo detrás de los aviones… disfrutar de los auténticos y profundos placeres de la vida.
La última vez que supe de él, se encontraba en un lejano país. Junto a una jubilosa carta me envió la fotografía de un candado. Un enorme, cromado y apetitoso candado, de los que ponen las glándulas salivares a trabajar sólo con verlo. Qué jodida envidia da el poeta.
Ya hace muchos años que no se de él.
¡Sigue acariciando tus sueños allá donde te encuentres, poeta!
Manda huevos.
Hoy hablé con el mar.

percibí que escuchaba atento mi dolido mensaje.
Paciente, me acariciaba los pies con olas efervescentes
oyéndome musitar con pasión desgarbada.
Y guardé silencio.
Y el mar me habló.
Sus palabras perdidas entre la rumorosa espuma:
sonidos no articulados de mi pensamiento sangrante.
Y amoroso continuaba arrullándome,
poniendo oídos a al ardor de mis versos llagados.
Y guardé silencio.
Y el mar me habló.
Si, el océano ha sentido la expresión de mi duelo,
como un padre bueno que escucha a su hijo llorar.
Y me ha mecido con su apaciguador murmullo.
Y guardé silencio.
Y el mar guardó silencio.
[El mar no habla, so cretino,
son los ecos de tu errada esencia purulenta,
que resuenan inconscientes de una realidad
que no te atenaza, sino que te libera.]
Es cierto, ¡oh, voz que no sé de donde vienes!
Voy a echarme unos tragos y meterme una raya
mañana, con el alba, veremos de otra manera,
más tenebrosa y desmoronada si cabe.
[Será mostrenco…]
jueves, 26 de marzo de 2009
Cosecha el día

Anita ama a ese hombre. Se ha enamorado profundamente en cada visita, en cada encuentro, en cada despedida. No es un hombre como los que ha Anita ha conocido. Sus modales, la suavidad al hablar, la forma en que le hace el amor (si, Anita siente que ese hombre le hace el amor), la pena y la tristeza insondables que se leen en su rostro. Anita sueña con una invitación, una nota, un mensaje. Sueña que sale con él, que van al cine, al parque, a la playa. Sueña que lo besa, que despiertan juntos en un amanecer luminoso entre sábanas blancas, flores y café caliente. Pero lo único que hace es conformarse con esperar la siguiente cita. No cree ser merecedora del cariño de un hombre como éste: Anita es puta. Entre su mundo y el de él hay un abismo que ella no cree poder salvar. Una vez a la semana, sus dos universos se unen brevemente; un par de horas en las que las leyes de la física se confunden y permiten que durante un corto espacio de tiempo Anita sea feliz con el hombre que tiene esa forma tan especial de comportarse con ella, de tocarla, de abrazarla, de penetrarla, de mirarla. De mirarla… nunca nadie había mirado a Anita de esa manera después de correrse.
Anita llegó a Las Palmas desde un país mucho mas al sur, en busca de una vida que en su tierra era sólo sueño. Pronto se dio cuenta de que los hombres la miraban con codicia, ambicionando su piel dorada, la firmeza de sus muslos, la dura redondez marmórea de sus tetas y sus ojos de miel. Alguien le hizo una propuesta. La reticencia inicial se convirtió, salvado el pudor de la decencia, en una vida de abundancia, dinero, lujo, restaurantes caros y ropa de diseño. No necesita trabajar demasiado, pues sus servicios son caros y la clientela muy escogida, casi toda fija.
Pero ha conocido a este hombre, y todo este cosmos se ha destruido. Entra en el recibidor y cierra la puerta tras de si. Ahora sí, llora lágrimas tristes, lágrimas que contienen toda la amargura de ser quien no quiere ser. Aborrece el momento en el que el hombre saca de su cartera el fajo de billetes y se los pone en la mano.
Manuel se despide de la chica. Retira su mano de entre las de ella muy despacio, intentando prolongar el momento. Pero ha de irse. Camina desganado sobre la moqueta gris, mirando al suelo, las manos en los bolsillos. Antes de doblar la esquina y sumergirse en la penumbra de las escaleras, se gira y ve a la chica en la puerta, mirándolo; sonríe y sin esperar respuesta comienza a descender los escalones, despacio, pesadamente, abatido.
Manuel ama a esa chica. Se enamoró de ella en la primera visita. Su forma de hablarle, de mirarle y de hacer el amor. Sueña con invitarla al cine, a dar un paseo, tomar unas copas, pasar el día en la playa y terminar en su casa, los dos bajo las sábanas, prepararle café por la mañana, cuando el sol les despierte. Pero Manuel no se atreve. De alguna manera siente que sus dos mundos están demasiado separados. Anita es una mujer mucho más joven que él, culta, despierta, inquieta. Tiene una enorme biblioteca y muchas pinturas adornan las paredes de su estudio. Debe ser una mujer acostumbrada al lujo y el dinero, por lo que Manuel puede apreciar en su elegancia, su educación, sus modales, su casa... Seguro que tiene cientos de moscones, puede imaginárselos: forrados de dinero, engominados conductores de descapotables de color rojo y yates en el muelle deportivo.
Manuel últimamente no piensa en otra cosa que no sea la preciosa prostituta a la que visita una vez a la semana, por la que está loco perdido. Pero se siente poca cosa, le teme al deprecio, al desdén, al ridículo. Se siente miserable con su trabajo de mierda en la gestoría, un hombre gris, sin aspiraciones, con una vida anodina, un pasado aburrido y un futuro sin horizontes.
Manuel llegó desde la Península, hace años; tenía sueños, planes, ilusiónes, ideas… Todo ello se fue olvidando poco a poco, a medida que su vida se iba haciendo más cómoda. El sueldo fijo, el trabajo, la casa, la hipoteca, el coche… le fueron sumergiendo en la sociedad a la que un día había detestado, de la que se encuentra empapado, y que le empieza a ahogar. Cualquiera diría que la vida le sonríe: un buen sueldo con el que vivir holgado, su utilitario, su propio piso… No: para Manuel la felicidad consiste en otra cosa, aunque nunca da un paso: sigue arrastrado por la corriente, nunca se decide, no se atreve.
Hasta que conoció a la hetaira Anita. Ella le ha dado la vuelta a todo, le ha hecho reaccionar, ahora la sangre hierve de nuevo en sus venas. Baja las escaleras despacio, deslizando su mano por la baranda. Una lágrima de soledad y tristeza se desliza por su mejilla. Soledad y tristeza, pero también rabia, coraje consigo mismo. El momento mas triste es cuando saca el dinero del bolsillo de su americana, y sin contarlo se lo ofrece a Anita. En eso queda todo: una transacción, una compraventa.
viernes, 13 de marzo de 2009
El niño y el mar
Hoy vive en una isla, pero su sueño se diluyó en el ajetreo de la rutina diaria. Lo tiene a su lado, está rodeado por él, pero hace tiempo que le dio la espalda. Aquellos sueños fueron olvidándose, difuminándose ya perdidos en la desmemoria de los hombres que dejaron de ser niños.
En ocasiones pasa a su lado y percibe su esencia, algo se eriza en su corazón como un vago reflejo de lo que fue, más no sabe ya reconocerlo. Su niño está tan profundamente confinado que ni tan siquiera es capaz de hacer oír su voz. De tarde en tarde un reflejo, una ola, un aroma salino logran que su niño recobre parte de las ganas de salir, pero es su encierro tan recóndito que termina llorando impotente en su cautiverio.
Hoy el hombre llora frente al mar. No sabe por qué, de sus ojos brotan lágrimas saladas, lágrimas marinas que quisieran llegar a la orilla. No comprende que no es él quien llora: es su niño, que quiere correr hasta el agua, saltar, gritar, reír, jugar con la arena y la espuma, volver a sentirse empapado de agua y sal, arrebujarse en su seno, salir al fin de nuevo y de nuevo hacer feliz al hombre.
El hombre se incorpora, se seca las lágrimas y se marcha dando la espalda al mar: está sonando el teléfono móvil. Debe ser una llamada importante.
jueves, 19 de febrero de 2009
Compañero de cordada

En estas circunstancias la confianza a depositar en tu compañero de cordada debe ser plena, sin fisuras, total y absoluta. En cuanto aparece la más mínima duda, la escalada se malogra. No serás capaz de superar en condiciones aceptables un paso comprometido, la adrenalina se desbordará en tu torrente sanguíneo por encima de niveles admisibles, te bloquearás y el miedo podrá instalarse en tu mente haciendo insegura e incómoda la escalada. Llegarás a preguntarte qué coño haces ahí arriba. Nunca se descarta una caída, y en caso de accidente ambos os encontraréis en apuros.
La unidad básica de combate es el binomio. De nuevo, este vínculo os mantendrá vivos. El velará por ti, tu por él. Cubrirá con fuego tus avances, se mantendrá despierto, acechante mientras intentas descansar, abrirá bien los ojos y agudizará los sentidos en terreno hostil. No sois dos, sino uno. Sin él, estás muerto, sin ti, su supervivencia es casi imposible. Compartís alimento, agua, lecho, miedos, penurias, penas, alegrías y confidencias.
Otra vez es necesaria la más absoluta de las confianzas. Si ésta desaparece o se quiebra, olvídate de sobrevivir: habrá desaparecido la mitad de un todo que te mantenía en el mundo.
Por eso, amigo, no puedo permitirme el lujo de escalar grandes vías o entrar en combate en esta vida al lado de un compañero de cordada o un binomio en el que no pueda depositar mi confianza más firme. Lo mismo debo esperar de él: si no merezco la suya, jamás podremos escalar o combatir juntos. Si lo hacemos, estaremos ambos en grave peligro.
lunes, 12 de enero de 2009
A pecho descubierto
Humilde homenaje a Juan José Millás

Sé que esos mundos paralelos a el nuestro existen, porque tu me has hablado de ellos. Por eso persevero.
Ayer tuve la capacidad y la oportunidad de hacerlo, pero hoy únicamente me siento tonto, muerto, bastardo e invisible.
En fin.
domingo, 11 de enero de 2009
Estar solo, sentirse solo.

En la calle el frío es intenso, está helando. No importa: es menor que el frío que sientes dentro.
Tus pasos son vacilantes, desequilibrados por el alcohol y la desidia. Tu mirada turbia. La calle está helada y desierta, como tu espíritu.
Cuando llegues al rellano, introduzcas torpemente la llave en la cerradura y penetres en la oscura soledad de tu frío apartamento, nadie habrá esperando para recibirte, no habrá un beso, un "buenas noches", un "te quiero". Nadie te ofrecerá una sopa recalentada en el microondas ni se sentará a tu lado en el sofá, nadie te preguntará como fue el día.
Estás solo: te sientes solo, que es la auténtica soledad, la que duele, la que atormenta.
En fin

