
Paquita deposita con cuidado el último plato limpio en el escurridor, sin dejar de mirar por la ventana. Entrelaza sus manos por delante del delantal mientras observa el mundo a través de la ventana. Tres veces por semana goza de este momento de quietud y contemplación: lunes, miércoles y viernes, días en los que trabaja unas horas en el pequeño apartamento de un hombre soltero que no tiene tiempo o ganas para ocuparse de las tareas domésticas.
-Paquita, mujer, usa el lavavajillas, que se te van a estropear las manos.
-¡Ay, señorito! Una ya está mas que acostumbrada-. Le muestra las manos hinchadas, callosas, enrojecidas, rugosas por años de trabajo físico. -Además, no sé ni como se enciende.
-No me llame señorito, mi nombre es Luis.
-Si, señorito como usté diga.
Paquita piensa que jamás hombre alguno la trató con tanto respeto, mucho menos un desconocido; "El señorito parece un santo".
-Paquita, usa la aspiradora, y la mopa, mujer, que te vas a deslomar.
-Señorito, ya estoy acostumbrada.
-Me llamo Luis, Paquita.
Mira por la ventana y a través del cristal ve un mundo soleado en abril. Los niños juegan y ríen en un parque infantil bajo la mirada condescendiente y risueña de unos padres abrazados, que se besan en los labios y se miran a los ojos.
-Paquita, descansa un poco, mujer, tómate un refresco, relájate.
-¡Ay, señorito! Ni tiempo tengo. ¡Y que vergüenza, coger el dinero de usté por estar sentada!
-Me llamo Luis, Paquita, y está todo muy limpio.
Si usté supiera, señorito, que mis prisas son por visitar a mi hijo, que cumple en la cárcel. Cuatro años por un robo con violencia. De eso no le faltaba no. Incluso me levantó la mano más de una vez, a mi, a su propia madre, por no querer darle para la maldita droga, por culpa del mono ese. Al zoo le mandé una noche, señorito, con su mono. Y el a mi a urgencias, con la nariz rota. Ya ve usté, una caída tuve que decir.
-Un día de estos de va a poner usted guapa, Paquita, y vamos a salir juntos al cine, o al Retiro, o a un baile.
-No diga usté tonterías, señorito, ¿dónde va a ir usté conmigo? Una buena mujer, de su edad es lo que le hacía falta, que bien le vendría, en vez de reírse de una pobre vieja.
-Me llamo Luis, Paquita, me duele la boca de decírselo, y me sentiría orgulloso paseando por Madrid con usted del brazo.
-Quite, quite, quién me vería-. Se sonroja y se da la vuelta, apurada, pasando el plumero por donde ya lo había hecho antes.
Definitivamente es un buen hombre; que distinto de mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! Me cruzaba la cara día si y día también, estuviera borracho o sereno, y por la razón mas simple. Treinta y cinco años recibiendo estopa a diario, ya ves tú, una niña era cuando me dió el primer sopapo la misma noche de bodas. Mire ustè que vida, ni los perros. Y mi padre lo animaba: "un par de buenas hostias a tiempo, Manolo, y derechita como una vela: mira la mía". En fin, que vida ésta.
El viernes pasado Luis esperaba a Paquita con un vestido nuevo y unos zapatos flamantes ¿de dónde sacaría las tallas? Subieron en un taxi, como señores, y fueron a dar un paseo al retiro; no se soltaba de su brazo. La invitó a merendar, después fueron al cine a ver una película muy romántica y con un final muy feliz, como le gustan a ella. Ya de noche la acompañó hasta su casa, también en taxi -si mis vecinas me ven-. Incluso tuvo el detalle de bajarse antes y abrirle la puerta.
Hasta ese día, Paquita no había tenido una primavera.
Hoy mira el mundo a través de la ventana del apartamento de José, la loza fregada y todo en orden, y sonríe, y canta.
Hoy sabe que abril existe, ahí, detrás de ese cristal.
(El dibujo es de Rosa Marrero, desconozco el título)
