miércoles, 2 de septiembre de 2009

Paquita


Paquita deposita con cuidado el último plato limpio en el escurridor, sin dejar de mirar por la ventana. Entrelaza sus manos por delante del delantal mientras observa el mundo a través de la ventana. Tres veces por semana goza de este momento de quietud y contemplación: lunes, miércoles y viernes, días en los que trabaja unas horas en el pequeño apartamento de un hombre soltero que no tiene tiempo o ganas para ocuparse de las tareas domésticas.

-Paquita, mujer, usa el lavavajillas, que se te van a estropear las manos.
-¡Ay, señorito! Una ya está mas que acostumbrada-. Le muestra las manos hinchadas, callosas, enrojecidas, rugosas por años de trabajo físico. -Además, no sé ni como se enciende.
-No me llame señorito, mi nombre es Luis.
-Si, señorito como usté diga.

Paquita piensa que jamás hombre alguno la trató con tanto respeto, mucho menos un desconocido; "El señorito parece un santo".

-Paquita, usa la aspiradora, y la mopa, mujer, que te vas a deslomar.
-Señorito, ya estoy acostumbrada.
-Me llamo Luis, Paquita.

Mira por la ventana y a través del cristal ve un mundo soleado en abril. Los niños juegan y ríen en un parque infantil bajo la mirada condescendiente y risueña de unos padres abrazados, que se besan en los labios y se miran a los ojos.

-Paquita, descansa un poco, mujer, tómate un refresco, relájate.
-¡Ay, señorito! Ni tiempo tengo. ¡Y que vergüenza, coger el dinero de usté por estar sentada!
-Me llamo Luis, Paquita, y está todo muy limpio.

Si usté supiera, señorito, que mis prisas son por visitar a mi hijo, que cumple en la cárcel. Cuatro años por un robo con violencia. De eso no le faltaba no. Incluso me levantó la mano más de una vez, a mi, a su propia madre, por no querer darle para la maldita droga, por culpa del mono ese. Al zoo le mandé una noche, señorito, con su mono. Y el a mi a urgencias, con la nariz rota. Ya ve usté, una caída tuve que decir.

-Un día de estos de va a poner usted guapa, Paquita, y vamos a salir juntos al cine, o al Retiro, o a un baile.
-No diga usté tonterías, señorito, ¿dónde va a ir usté conmigo? Una buena mujer, de su edad es lo que le hacía falta, que bien le vendría, en vez de reírse de una pobre vieja.
-Me llamo Luis, Paquita, me duele la boca de decírselo, y me sentiría orgulloso paseando por Madrid con usted del brazo.
-Quite, quite, quién me vería-. Se sonroja y se da la vuelta, apurada, pasando el plumero por donde ya lo había hecho antes.

Definitivamente es un buen hombre; que distinto de mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! Me cruzaba la cara día si y día también, estuviera borracho o sereno, y por la razón mas simple. Treinta y cinco años recibiendo estopa a diario, ya ves tú, una niña era cuando me dió el primer sopapo la misma noche de bodas. Mire ustè que vida, ni los perros. Y mi padre lo animaba: "un par de buenas hostias a tiempo, Manolo, y derechita como una vela: mira la mía". En fin, que vida ésta.


El viernes pasado Luis esperaba a Paquita con un vestido nuevo y unos zapatos flamantes ¿de dónde sacaría las tallas? Subieron en un taxi, como señores, y fueron a dar un paseo al retiro; no se soltaba de su brazo. La invitó a merendar, después fueron al cine a ver una película muy romántica y con un final muy feliz, como le gustan a ella. Ya de noche la acompañó hasta su casa, también en taxi -si mis vecinas me ven-. Incluso tuvo el detalle de bajarse antes y abrirle la puerta.

Hasta ese día, Paquita no había tenido una primavera.

Hoy mira el mundo a través de la ventana del apartamento de José, la loza fregada y todo en orden, y sonríe, y canta.


Hoy sabe que abril existe, ahí, detrás de ese cristal.
(El dibujo es de Rosa Marrero, desconozco el título)