
¿A dónde van los recuerdos?
¿A dónde van las fotos de la caja de galletas?
¿A dónde va aquello que sucumbe a la purificación del incendio?
¿Y al tiempo?
¿A dónde van?
¿A dónde va la memoria de los viejos y de los moribundos?
¿Y la de los muertos?
¿A dónde van las fotos de la caja de galletas?
¿A dónde va aquello que sucumbe a la purificación del incendio?
¿Y al tiempo?
¿A dónde van?
¿A dónde va la memoria de los viejos y de los moribundos?
¿Y la de los muertos?
¿A dónde va lo que olvido?
¿A dónde va?
¿A dónde va la infancia, el amor, las ilusiones y las esperanzas, los proyectos, las experiencias, las lecturas, la música, las historias, las mentiras y los secretos, los besos, lo dicho y lo callado, los paisajes, lo trabajado, la añoranza, los amigos, los atardeceres, el sexo, las sensaciones, el frío, el calor, lo dulce, lo amargo, el tacto tibio de tu piel? ¿A dónde van?
Hace ya muchos años -si, ya el tiempo pasado empieza a computarse como mucho- regresó mi madre un día a casa con un puñado de fotografías antiguas -¿qué distingue lo antiguo de lo viejo?- que alguien había arrojado a la basura. Sólo era un crío, pero recuerdo el hecho con la nitidez con que sólo las vivencias intensas hacen mella en la memoria. Fotografías de familia, importantes hitos en la vida del común: la primera comunión, la jura de bandera, la boda, el bautismo de los hijos. Resumen en sepia de toda una vida.
Toda una vida.
Una vida.
La vida de un hombre que rió, lloró, amó, sufrió, besó, fue feliz y desdichado. La vida de un hombre. Un hombre que fue niño, fantasía, juego, amigo, proyecto y futuro. Miré a los ojos de aquel hombre sin alcanzar a comprender la razón de que su recuerdo hubiese terminado en el olvido de un contenedor de basura. Me contó mi madre que sus herederos desecharon todo aquello de lo que no pudieron obtener un beneficio económico. Al final, un cartel con letras negras sobre fondo rojo, un número te teléfono. Se vende. Sentí una rabia y un odio profundos hacia aquellas personas que hoy hoyan esta tierra gracias a que él, en otro tiempo, amó. Miré a los ojos de aquel hombre vestido de uniforme, la mano derecha sobre la izquierda y ésta sobre una silla tapizada, el fondo de nubes pintadas sobre lienzo, galones de cabo en los puños. Miré a los ojos del hombre y lo ví vivo.
Aquello causó en mi una extraña conmoción. Aunque, con el tiempo, también lo olvidé. Hoy no se que fue de aquellos retratos –todo eran retratos: la fotografía en aquel tiempo era un lujo que sólo se podían permitir para inmortalizar los momentos cumbre-. ¿Dónde están sus recuerdos? ¿Dónde está su vida? ¿A dónde ha ido? Puede que la única memoria que quede de él sea yo. Que triste. E inevitable, también.
¿Qué será cuando perdamos la memoria? Aquello que no recordamos, ¿deja de existir? Tengo treinta y cuatro años y una amnesia selectiva y traviesa juega conmigo. Rememoro con intensidad experiencias tremendamente lejanas y aparentemente carentes de importancia y, sin embargo, me cuesta gran esfuerzo retener un nombre, recordar dónde dejo las cosas o qué era aquello tan importante que tenía que hacer hoy. Trato de pensar que no deben ser tan importantes cuando mi cerebro las desecha, pero no: más a menudo de lo que quisiera, olvido cosas trascendentales… y no tanto.
No puedo dejar de resistirme a creer que cuando desaparezca el último hombre, desaparecerá la memoria. Y todo terminado. Fin. The end. Pero es lo que pienso, qué le voy a hacer.
La memoria, ¿a dónde va?
Ayer se me estropeó un disco duro. Pasa que hay cosas en las que no nos detenemos a causa de una indiferencia que nace de la costumbre y, sin embargo, deberían tener capacidad de asombrarnos. Un disco duro es un dispositivo de almacenamiento de datos del tamaño de una caja de tabaco. Y en él cabe una vida. Unos y ceros. Una vida. La hostia, unos y ceros, magnetismo e impulsos eléctricos. Fotografías, ideas, pensamientos, relatos, imágenes, recuerdos. Cosa de magia, en una cajita. Unos y ceros. La pregunta del informático, gurú de nuestro tiempo, fue si había copia de seguridad. Copia de seguridad, válgame Dios. Si tal cosa hubiese hecho, no estaría ahora suplicando tu intercesión. Mal apaño, sentencia. Veremos que se puede hacer, remata. La frase, más propia de un mecánico o un médico que de un sacerdote, desata mi desconsuelo. En tus manos pongo mi memoria. Ofreceré algún tipo de sacrificio al dios Bit o a la diosa Copia de Seguridad, para que me sean propicios. ¿Y mi copia de seguridad? Quizá en un futuro llegue el día en que, al regresar a casa, vuelque la memoria en un disco duro que me permita,mas adelante, trascender. No se, quizá así, cuando muera, estaré menos muerto. Y más inmediatamente, sabré donde tengo las cosas. Y cuándo es tu cumpleaños. Qué jilipollez.
Hace tiempo salí con una mujer que estaba segura de ser la última reencarnación de una larga serie de personajes. Puede ser, pero no lo se, ni creo que ella tampoco. Debe ser cuestión de fe, algo de lo que también carezco, a pesar mío. Ni Dios ni Buda, ni infierno ni paraíso; voy listo. No creo en una conciencia universal, un ser superior ni creador. Mis dioses son la naturaleza y el tiempo, y ambos caminan en un solo sentido. La única trascendencia posible será mi recuerdo, algo que tarde o temprano caducará, como la memoria del hombre de las fotografías: abocado a la extinción, en términos absolutos. Aristóteles puede haber trascendido algunos miles de años, pero no escapará tampoco. Ni la ciencia, ni la historia, ni la literatura, la música o el cine. Las columnas del templo de Atenea terminarán sucumbiendo, testarudas en su terco desafiar al tiempo. Ni naufragio, ni problema existencial: hechos. Recuerdo algo leído hace –mucho- tiempo, alguien decía que, si tuviera la opción, elegiría reencarnarse en videocasette: todo grabado, la posibilidad de borrar lo malo y rebobinar a su antojo lo bueno (como los momentos que paso contigo), una y otra vez. Pero no, no tengo esa fe, que jodienda.
Quizá de ahí provengan tanto mi melancolía como mi energía vital, que se alternan con una periodicidad que acojona. Y ambas tienen su sentido, su función: enseñarme a saborear cada momento como algo irrepetible. Por ejemplo, los huevos a la flamenca que tengo ahora delante. La ocupación es vivir (preocupación es otra cosa: pre-ocupación, ocuparse-antes-de). Me alegra ver que hay quien piensa que soy como un niño, pero no es suficiente: quiero serlo. Y hay quien se extraña y lo critica por no entenderlo. Allá ellos con sus hipotecas, sus recibos y sus facturas. Algún día los orines y la maleza invadirán sus casas ruinosas y vacías; alguien arrojará sus fotos a la basura. El disco duro petará y todo habrá acabado. Como el de los dinosaurios, los mamuts, los neandertales y el hombre de la fotografía. ¿Y a dónde han ido? Andandarán.
¿A dónde va?
¿A dónde va la infancia, el amor, las ilusiones y las esperanzas, los proyectos, las experiencias, las lecturas, la música, las historias, las mentiras y los secretos, los besos, lo dicho y lo callado, los paisajes, lo trabajado, la añoranza, los amigos, los atardeceres, el sexo, las sensaciones, el frío, el calor, lo dulce, lo amargo, el tacto tibio de tu piel? ¿A dónde van?
Hace ya muchos años -si, ya el tiempo pasado empieza a computarse como mucho- regresó mi madre un día a casa con un puñado de fotografías antiguas -¿qué distingue lo antiguo de lo viejo?- que alguien había arrojado a la basura. Sólo era un crío, pero recuerdo el hecho con la nitidez con que sólo las vivencias intensas hacen mella en la memoria. Fotografías de familia, importantes hitos en la vida del común: la primera comunión, la jura de bandera, la boda, el bautismo de los hijos. Resumen en sepia de toda una vida.
Toda una vida.
Una vida.
La vida de un hombre que rió, lloró, amó, sufrió, besó, fue feliz y desdichado. La vida de un hombre. Un hombre que fue niño, fantasía, juego, amigo, proyecto y futuro. Miré a los ojos de aquel hombre sin alcanzar a comprender la razón de que su recuerdo hubiese terminado en el olvido de un contenedor de basura. Me contó mi madre que sus herederos desecharon todo aquello de lo que no pudieron obtener un beneficio económico. Al final, un cartel con letras negras sobre fondo rojo, un número te teléfono. Se vende. Sentí una rabia y un odio profundos hacia aquellas personas que hoy hoyan esta tierra gracias a que él, en otro tiempo, amó. Miré a los ojos de aquel hombre vestido de uniforme, la mano derecha sobre la izquierda y ésta sobre una silla tapizada, el fondo de nubes pintadas sobre lienzo, galones de cabo en los puños. Miré a los ojos del hombre y lo ví vivo.
Aquello causó en mi una extraña conmoción. Aunque, con el tiempo, también lo olvidé. Hoy no se que fue de aquellos retratos –todo eran retratos: la fotografía en aquel tiempo era un lujo que sólo se podían permitir para inmortalizar los momentos cumbre-. ¿Dónde están sus recuerdos? ¿Dónde está su vida? ¿A dónde ha ido? Puede que la única memoria que quede de él sea yo. Que triste. E inevitable, también.
¿Qué será cuando perdamos la memoria? Aquello que no recordamos, ¿deja de existir? Tengo treinta y cuatro años y una amnesia selectiva y traviesa juega conmigo. Rememoro con intensidad experiencias tremendamente lejanas y aparentemente carentes de importancia y, sin embargo, me cuesta gran esfuerzo retener un nombre, recordar dónde dejo las cosas o qué era aquello tan importante que tenía que hacer hoy. Trato de pensar que no deben ser tan importantes cuando mi cerebro las desecha, pero no: más a menudo de lo que quisiera, olvido cosas trascendentales… y no tanto.
No puedo dejar de resistirme a creer que cuando desaparezca el último hombre, desaparecerá la memoria. Y todo terminado. Fin. The end. Pero es lo que pienso, qué le voy a hacer.
La memoria, ¿a dónde va?
Ayer se me estropeó un disco duro. Pasa que hay cosas en las que no nos detenemos a causa de una indiferencia que nace de la costumbre y, sin embargo, deberían tener capacidad de asombrarnos. Un disco duro es un dispositivo de almacenamiento de datos del tamaño de una caja de tabaco. Y en él cabe una vida. Unos y ceros. Una vida. La hostia, unos y ceros, magnetismo e impulsos eléctricos. Fotografías, ideas, pensamientos, relatos, imágenes, recuerdos. Cosa de magia, en una cajita. Unos y ceros. La pregunta del informático, gurú de nuestro tiempo, fue si había copia de seguridad. Copia de seguridad, válgame Dios. Si tal cosa hubiese hecho, no estaría ahora suplicando tu intercesión. Mal apaño, sentencia. Veremos que se puede hacer, remata. La frase, más propia de un mecánico o un médico que de un sacerdote, desata mi desconsuelo. En tus manos pongo mi memoria. Ofreceré algún tipo de sacrificio al dios Bit o a la diosa Copia de Seguridad, para que me sean propicios. ¿Y mi copia de seguridad? Quizá en un futuro llegue el día en que, al regresar a casa, vuelque la memoria en un disco duro que me permita,mas adelante, trascender. No se, quizá así, cuando muera, estaré menos muerto. Y más inmediatamente, sabré donde tengo las cosas. Y cuándo es tu cumpleaños. Qué jilipollez.
Hace tiempo salí con una mujer que estaba segura de ser la última reencarnación de una larga serie de personajes. Puede ser, pero no lo se, ni creo que ella tampoco. Debe ser cuestión de fe, algo de lo que también carezco, a pesar mío. Ni Dios ni Buda, ni infierno ni paraíso; voy listo. No creo en una conciencia universal, un ser superior ni creador. Mis dioses son la naturaleza y el tiempo, y ambos caminan en un solo sentido. La única trascendencia posible será mi recuerdo, algo que tarde o temprano caducará, como la memoria del hombre de las fotografías: abocado a la extinción, en términos absolutos. Aristóteles puede haber trascendido algunos miles de años, pero no escapará tampoco. Ni la ciencia, ni la historia, ni la literatura, la música o el cine. Las columnas del templo de Atenea terminarán sucumbiendo, testarudas en su terco desafiar al tiempo. Ni naufragio, ni problema existencial: hechos. Recuerdo algo leído hace –mucho- tiempo, alguien decía que, si tuviera la opción, elegiría reencarnarse en videocasette: todo grabado, la posibilidad de borrar lo malo y rebobinar a su antojo lo bueno (como los momentos que paso contigo), una y otra vez. Pero no, no tengo esa fe, que jodienda.
Quizá de ahí provengan tanto mi melancolía como mi energía vital, que se alternan con una periodicidad que acojona. Y ambas tienen su sentido, su función: enseñarme a saborear cada momento como algo irrepetible. Por ejemplo, los huevos a la flamenca que tengo ahora delante. La ocupación es vivir (preocupación es otra cosa: pre-ocupación, ocuparse-antes-de). Me alegra ver que hay quien piensa que soy como un niño, pero no es suficiente: quiero serlo. Y hay quien se extraña y lo critica por no entenderlo. Allá ellos con sus hipotecas, sus recibos y sus facturas. Algún día los orines y la maleza invadirán sus casas ruinosas y vacías; alguien arrojará sus fotos a la basura. El disco duro petará y todo habrá acabado. Como el de los dinosaurios, los mamuts, los neandertales y el hombre de la fotografía. ¿Y a dónde han ido? Andandarán.
En fin.
Están cojonudos estos huevos a la flamenca.
Están cojonudos estos huevos a la flamenca.
Y... ¿A dónde irán?
Algeciras, otoño de 2009.
