En ocasiones me asaltan recuerdos que no me pertenecen. No sé de dónde provienen, aunque lo supongo. Cuando llegan son como señales que de alguna manera me abordan desde alguien cercano, se me meten en la cabeza y juegan con mi memoria. Nunca son ideas o pensamientos, sólo recuerdos. Cuando cualquiera pierde un recuerdo alegre, se vuelve un poco más triste. Lo mismo ocurre al contrario: ésa es la pista. La cara no es el espejo del alma, sino el reflejo de sus circunstancias. Así que, cuando se da este fenómeno, busco con disimulo a su dueño y no me resulta difícil dar con él, porque se lo noto en la cara.
Para mi alivio, no es algo constante; puede pasar cierto tiempo hasta que aleatoriamente alguno da conmigo y se me introduce, me hace poseedor de sí. Tampoco tienen todos la misma nitidez: algunos son viejos, tenues, descoloridos, como las viejas películas de los antiguos cinematógrafos; sin embargo, otros son vívidos, claros y diáfanos, como en alta definición. Aunque no sólo son imágenes: también hay olores, sabores, sonidos, sensaciones.
He llegado a la conclusión de que son recuerdos que escapan de los cerebros que los alojaban: aquello que la gente olvida. Puede parecer una necedad, pero no encuentro otra explicación. Intuyo que dan la espalda a la memoria de sus dueños, por ignorados, y flotan vagando por ahí hasta que dan con quien los acoge. Preguntarme cómo soy yo capaz de captarlos o ellos de introducirse en mí sería fútil, intentar explicarlo divagar en conjeturas, y de poco provecho tratar de comprenderlo; además, no tengo ganas. Ocurre, y ya está. Recojo recuerdos que los demás dejan escapar. Para hablar con propiedad no los recojo, sino que los encuentro. O ellos me encuentran a mí.
En un principio era entretenido, no se, como asomarte a la ventana de la vecina o espiar por el ojo de la cerradura. Pero ahora inicia a preocuparme. Lo que me desasosiega es la manifestación del siguiente fenómeno: cada vez que una remembranza ajena se instala en mi, aparta de su lugar a una propia, le usurpa su espacio y ésta huye. Y eso ya si que no. Estoy empezando a recordar el pasado de multitud de personas y entretanto olvido el mío.
¿Quién se está apropiando de mis recuerdos? ¿Por qué ya no quieren los suyos? ¿Y que hago con ellos? Historias, doctor, con cada recuerdo construyo una historia. Y la escribo. Pero tengo que darme prisa en escribir la mía… ¿Doctor?… ¡Doctor!…
¡¡Doctor!!… ¿Quiénes son esos señores con batas blancas? Pero… ¿Qué hacen? ¿A dónde me llevan? ¡Suéltenme!
¿Quién se está apropiando de mis recuerdos? ¿Por qué ya no quieren los suyos? ¿Y que hago con ellos? Historias, doctor, con cada recuerdo construyo una historia. Y la escribo. Pero tengo que darme prisa en escribir la mía… ¿Doctor?… ¡Doctor!…
¡¡Doctor!!… ¿Quiénes son esos señores con batas blancas? Pero… ¿Qué hacen? ¿A dónde me llevan? ¡Suéltenme!
Algeciras, otoño de 2009.
