Renegáis de vuestros orígenes. Me despreciáis porque de mis paredes no penden títulos ni diplomas, sino herramientas. Camináis entre árboles prisioneros del asfalto. Vuestros pies no hoyan la tierra por no ensuciar vuestros bruñidos zapatos. Construís puentes, túneles y carreteras. Desviáis los cursos de agua y hacéis retroceder al mar. Viajáis al espacio y al fondo del océano. Os creéis dioses, míseros mortales. ¿Domináis la naturaleza? No: simplemente estáis destruyendo la parte que os acoge, parcela minúscula del Universo del que os pretendéis centro. No pensáis en vuestros hijos ni en vuestros nietos. No respetáis a vuestros ancestros. Mas tampoco vivís el presente, angustiados por el futuro y afligidos por el pasado.
No conocéis el lenguaje de los astros, los vientos, las mareas y el bosque.
Creéis entender porque creéis saber explicar. Podríais pasar mil años leyendo y comentando a vuestros filósofos sin llegar a comprender ni siquiera la superficie. Pedantes. Cargados de afectación pregonáis su mensaje y os explayáis en interpretaciones. Ignorantes. Pretender explicar no es conocer. Deben estar riendo en el infierno, recreándose en vuestra ignorancia. Ilusos.
No sois nada, y creedme: esto continuará con o sin vosotros; así ha sido durante millones de años.
Haced lo que queráis: la naturaleza encontrará otra forma de tomar conciencia.
“El hombre es la naturaleza tomando conciencia de sí misma”
Elisee Reclus, “El hombre y la Tierra”
Algeciras, otoño de 2009.
