viernes, 29 de enero de 2010

La ciencia de tu beso.


La chispa de un pensamiento se origina en tu cerebro, y casi simultáneamente la intención de expresarlo. De inmediato, el encéfalo genera una orden cuya señal se transmite de neurona a neurona, de axón a dendrita, vía sinapsis, a través del sistema nervioso. En cuestión de milisegundos, este impulso salido de tu materia gris recorre un corto trecho de la médula espinal, tomando a la altura de la primera vértebra torácica un desvío hacia el plexo braquial, desde dónde viaja por el nervio mediano, acompañando a la arteria humeral hasta la muñeca para dividirse a partir de aquí en pequeños impulsos que se separan por las diversas ramificaciones nerviosas que estimulan los músculos de los dedos. Índice, corazón y anular de tu mano izquierda presionan tres teclas; el corazón de la derecha, una.


La presión de cada tecla cierra un circuito eléctrico, generando cinco impulsos que son enviados al microprocesador de tu computadora. Simultáneamente aparece en el monitor una palabra que te hace esbozar una pequeña sonrisa; acto seguido pulsas la tecla “Intro”. Levantas las manos del teclado, apoyas tu espalda en el respaldo de tu butaca y enciendes un cigarrillo.


Antes siquiera de iniciar el gesto de recostarte, el programa de mensajería instantánea ha convertido tu palabra en ceros y unos, lo ha enviado en forma de electricidad a través de un enrutador a la red, ha recorrido miles de kilómetros a través de líneas telefónicas, cables, empalmes… Por el subsuelo, por los aleros de los tejados, sobre las calles, a través el aire, por el espacio exterior… Ha viajado por países en los que nunca estuve, lugares con gentes de otra piel y otras lenguas. Ha sido electricidad, luz y ondas, lo mismo es.


De servidor en servidor a lo largo y ancho del mundo, ha entrado finalmente en mi ordenador por el mismo camino que salió del tuyo. El mismo programa que utilizaste para enviarme el amable mensaje, se encarga ahora en mi ordenador de traducir los ceros y unos del código binario en caracteres legibles para enviarlo a mi monitor, donde estimula la química de los píxeles, encargados últimos de representar, unidos formando signos, tu palabra para mi.


La inmensa cantidad de longitudes de onda que emite mi pantalla activan las células receptoras de mis ojos, aunque sólo las que están contenidas entre rojo y el violeta continuarán el viaje, no sin antes haber sido preparadas a tal efecto por una serie de lentes naturales que conforman mis globos oculares. Éstos foto-receptores transforman dicho estímulo, de nuevo, en energía fotoquímica para después transmitírsela a las neuronas sensitivas, que finalmente se encargan de amplificarla y transmitirla, a través de la multitud de neuronas que forman el nervio óptico, a mi cerebro que, al recibir tu mensaje, con gran regocijo decide ordenar la segregación de ciertas endorfinas que obran el efecto de hacerme sentir bien.


Y es que lo que he recibido de ti es un beso.


Un beso mecánico, energético, óptico, eléctrico, informático, viajero y sedante.


Un beso tuyo.


Un beso que viene desde el otro lado del ancho océano, que quizá haya dado la vuelta al mundo y salido incluso del planeta, periplo en el que apenas habrá invertido una ínfima fracción de segundo.


Como si estuvieses a mi lado.


Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2010.

lunes, 25 de enero de 2010

Vivir, viviendo.



Infinitivo. Tiempo sin tiempo, persona ni número: máxima expresión de la acción. Somos todos, contenidos en todos los tiempos. Abstracto y general. Abstracto y surreal. Verbo y sustantivo. Todo. Pureza, esencia. Como tu.


Gerundio. Solución del movimiento continuo. Pasado y presente, anterioridad y simultaneidad; presente ficticio (fluido goteando entre mis dedos). Así, –algún académico pedirá mi cabeza- futuro inmediato del cual, junto al pasado más adyacente, se conforma un presente que aquí y ahora declaro ilusorio. Línea continua prolongada en el tiempo. Incesante, perpetua y eterna. Perenne. Como tu.

Las Palmas de Gran Canaria, invierno de 2010.