El violinista, sentado sobre un banco de la plaza, cuenta las monedas apilándolas en pequeños rimeros de igual altura. Las saca del sombrero, y cuando tiene un montoncito de la misma talla que los otros, comienza uno nuevo. En este momento es cuando dudo si el lamento de sus notas, la pasión del movimiento del arco, el llanto de sus melodías... es tal, o simplemente la música es simple herramienta, mero útil de de trabajo o, peor, instrumento de avidez y codicia.
Reúne los montoncitos en una talega, sonriendo al palpar el volumen del metal ocupando la bolsa.
Tras recoger su impedimenta (un violín descascarado, una mochila y un sombrero sucios), desaparece en la penumbra del bar más mugriento de la ciudad.
