martes, 7 de julio de 2009

Ojalá me hubiera dado cuenta antes


Así sonaban ayer sus palabras. Pero después, sin percatarse apenas, todo había cambiado. Hacían el amor mecánicamente, como dos desconocidos que se procuran el uno al otro un momento de placer y descarga. Lejos de aquel ritual orgiástico de besos, embates y gemidos de antes, lo que ahora hacían era meramente mecánico. Follaban como dos desconocidos, indolentes, en busca de alivio; después media vuelta y cada uno a su lado de la cama, como si una línea invisible dividiera el lecho, desuniéndolos, alejándolos: una frontera tácita, una veda. Sin palabras, sin caricias, sin tan siquiera un reproche, permanecían así durante horas mirando al vacío. En alguna ocasión la oyó sollozar, aunque no alcanzaba a comprender el motivo de ese llanto, si desamor, desconsuelo o vergüenza. Es posible que accediera a sus deseos como una forma de mantenerlo consigo, de corresponder con el sexo a las atenciones que le dispensaba, o como una especie de compensación por continuar viviendo a sus expensas.
No tuvieron jamás una pelea. Comían en silencio, frente al televisor encendido (antes no solían ver la televisión). Las pocas palabras que intercambiaban eran las necesarias para convivir, ya no compartían las largas charlas que entonces, los comentarios del último libro leído (tenían los mismos gustos literarios), la última película, la política o el medio ambiente. Cada cual se había aislado del otro en su coraza y habían dejado de compartir. Compartir en términos absolutos, como en otro tiempo. Poco a poco se iba formando la idea de que los escasos gestos que aún tenía para con él eran los estrictamente necesarios para evitar la rotura del frágil hilo que les mantenía unidos. Solamente un intercambio, una transacción. Andando el tiempo, iba estando cada vez más convencido. Ya todo se podría resumir en una sola palabra: hastío.

No había estado atento a las señales o no quiso verlas, pero ahora era ya tarde. Y la manera en que se precipitaron los acontecimientos fue mucho mas dolorosa que si hubiese querido darse cuenta antes. Sin embargo, cuanta más indiferencia notaba por parte de ella, mas aún se volcaba en complacerla. La colmaba de atenciones, siempre pendiente de sus necesidades y cada vez menos de las propias. Nada parecía ser suficiente.

Hasta que una tarde regresó a casa y le golpeó la certeza de lo esperado: la encontró vacía. No desocupada de objetos, sino de presencia, un vacío negro y profundo de soledad. No se molestó en buscar una nota, una señal, una explicación. Hacía mucho que temía ese momento y por lo tanto lo aguardaba. Se limitó a dejarse caer con desgana en su sofá del rincón, junto al mirador y la biblioteca, desde donde solía observar las nubes teñidas de sepia por las luces de la ciudad. Desde el quicio del ventanal el gato le miraba con gesto afligido, la cabeza ladeada, como queriendo decir: “yo sí estoy aquí, contigo”. Y en ese momento le aplastó como una pesada carga el miedo a la soledad, la incertidumbre de un presente y un futuro deshabitados de ella.


Había desaparecido toda certeza.