
El humo y el ruido inundan el local.
Estás sentado, acodado en la barra; lías un cigarro y le das un sorbo a la copa. Miras el televisor colgado en la pared, da igual lo que pongan porque no lo ves. El tiempo en ti discurre de manera diferente al exterior; la gente habla, ríe, gesticula y bebe, pero las manillas de tu reloj giran despacio.
En tu imaginación, una mujer se acerca con un cigarro entre los dedos, en busca de fuego, quizá una conversación, una sonrisa… Sexo fugaz, quizá una nota y un número de teléfono sobre la mesilla. Pero la realidad te golpea: no pasa nada, nunca pasa nada.
Pides otra copa, otra y otra. Sigue sin ocurrir nada.
De vez en cuando, alguien te mira: cruce de miradas esquivas.
Finges interés hacia el televisor: un partido de rugby. Por Dios, rugby, ¿desde cuando?
Consultar la hora, mirar hacia la puerta cada vez que entra o sale un cliente, fingiendo no estar solo, que no se perciba que estás solo, que esperas. Pero no estás solo, es peor: te sientes solo. Soledad que duele y atormenta.
Apuras la copa, pides la cuenta.
En la calle el frío es intenso, está helando. No importa: es menor que el frío que sientes dentro.
Tus pasos son vacilantes, desequilibrados por el alcohol y la desidia. Tu mirada turbia. La calle está helada y desierta, como tu espíritu.
Cuando llegues al rellano, introduzcas torpemente la llave en la cerradura y penetres en la oscura soledad de tu frío apartamento, nadie habrá esperando para recibirte, no habrá un beso, un "buenas noches", un "te quiero". Nadie te ofrecerá una sopa recalentada en el microondas ni se sentará a tu lado en el sofá, nadie te preguntará como fue el día.
Estás solo: te sientes solo, que es la auténtica soledad, la que duele, la que atormenta.
En fin
