viernes, 13 de marzo de 2009

El niño y el mar




La primera vez que vio el mar tenía ya quince años. Aún recuerda cómo pasó la práctica totalidad de aquellas cortas vacaciones: sentado en la arena, observando embobado las olas, mirando el uniforme horizonte inabarcable. A la edad en la que comenzaba a ser hombre, volvió a ser niño; soñó lejanos mares, islas desiertas, veleros corsarios y fondos de fantasía. Fue entonces cuando decidió vivir a su lado, respirar cada día su brisa, oler la fragancia salada de la marea, oír las sirenas de los barcos entrando en el puerto, sumergirse a media noche en sus aguas, amar sobre la cálida arena.
Hoy vive en una isla, pero su sueño se diluyó en el ajetreo de la rutina diaria. Lo tiene a su lado, está rodeado por él, pero hace tiempo que le dio la espalda. Aquellos sueños fueron olvidándose, difuminándose ya perdidos en la desmemoria de los hombres que dejaron de ser niños.
En ocasiones pasa a su lado y percibe su esencia, algo se eriza en su corazón como un vago reflejo de lo que fue, más no sabe ya reconocerlo. Su niño está tan profundamente confinado que ni tan siquiera es capaz de hacer oír su voz. De tarde en tarde un reflejo, una ola, un aroma salino logran que su niño recobre parte de las ganas de salir, pero es su encierro tan recóndito que termina llorando impotente en su cautiverio.
Hoy el hombre llora frente al mar. No sabe por qué, de sus ojos brotan lágrimas saladas, lágrimas marinas que quisieran llegar a la orilla. No comprende que no es él quien llora: es su niño, que quiere correr hasta el agua, saltar, gritar, reír, jugar con la arena y la espuma, volver a sentirse empapado de agua y sal, arrebujarse en su seno, salir al fin de nuevo y de nuevo hacer feliz al hombre.
El hombre se incorpora, se seca las lágrimas y se marcha dando la espalda al mar: está sonando el teléfono móvil. Debe ser una llamada importante.