jueves, 26 de marzo de 2009

Cosecha el día


Anita sale a la puerta del apartamento para despedir al hombre. Apoyado su hombro en el quicio de la puerta, sostiene por un momento la mano de él entre las suyas, entre las que se desliza suavemente. Lo ve alejarse por el largo pasillo enmoquetado, conteniendo apenas una lágrima. Al llegar a la escalera el hombre se gira y le dedica una sonrisa discreta antes de desaparecer tras la esquina. En los ojos de ambos se vislumbran trazas de amarga tristeza, pena de querer y no poder, o de poder y no querer.
Anita ama a ese hombre. Se ha enamorado profundamente en cada visita, en cada encuentro, en cada despedida. No es un hombre como los que ha Anita ha conocido. Sus modales, la suavidad al hablar, la forma en que le hace el amor (si, Anita siente que ese hombre le hace el amor), la pena y la tristeza insondables que se leen en su rostro. Anita sueña con una invitación, una nota, un mensaje. Sueña que sale con él, que van al cine, al parque, a la playa. Sueña que lo besa, que despiertan juntos en un amanecer luminoso entre sábanas blancas, flores y café caliente. Pero lo único que hace es conformarse con esperar la siguiente cita. No cree ser merecedora del cariño de un hombre como éste: Anita es puta. Entre su mundo y el de él hay un abismo que ella no cree poder salvar. Una vez a la semana, sus dos universos se unen brevemente; un par de horas en las que las leyes de la física se confunden y permiten que durante un corto espacio de tiempo Anita sea feliz con el hombre que tiene esa forma tan especial de comportarse con ella, de tocarla, de abrazarla, de penetrarla, de mirarla. De mirarla… nunca nadie había mirado a Anita de esa manera después de correrse.
Anita llegó a Las Palmas desde un país mucho mas al sur, en busca de una vida que en su tierra era sólo sueño. Pronto se dio cuenta de que los hombres la miraban con codicia, ambicionando su piel dorada, la firmeza de sus muslos, la dura redondez marmórea de sus tetas y sus ojos de miel. Alguien le hizo una propuesta. La reticencia inicial se convirtió, salvado el pudor de la decencia, en una vida de abundancia, dinero, lujo, restaurantes caros y ropa de diseño. No necesita trabajar demasiado, pues sus servicios son caros y la clientela muy escogida, casi toda fija.
Pero ha conocido a este hombre, y todo este cosmos se ha destruido. Entra en el recibidor y cierra la puerta tras de si. Ahora sí, llora lágrimas tristes, lágrimas que contienen toda la amargura de ser quien no quiere ser. Aborrece el momento en el que el hombre saca de su cartera el fajo de billetes y se los pone en la mano.
Manuel se despide de la chica. Retira su mano de entre las de ella muy despacio, intentando prolongar el momento. Pero ha de irse. Camina desganado sobre la moqueta gris, mirando al suelo, las manos en los bolsillos. Antes de doblar la esquina y sumergirse en la penumbra de las escaleras, se gira y ve a la chica en la puerta, mirándolo; sonríe y sin esperar respuesta comienza a descender los escalones, despacio, pesadamente, abatido.
Manuel ama a esa chica. Se enamoró de ella en la primera visita. Su forma de hablarle, de mirarle y de hacer el amor. Sueña con invitarla al cine, a dar un paseo, tomar unas copas, pasar el día en la playa y terminar en su casa, los dos bajo las sábanas, prepararle café por la mañana, cuando el sol les despierte. Pero Manuel no se atreve. De alguna manera siente que sus dos mundos están demasiado separados. Anita es una mujer mucho más joven que él, culta, despierta, inquieta. Tiene una enorme biblioteca y muchas pinturas adornan las paredes de su estudio. Debe ser una mujer acostumbrada al lujo y el dinero, por lo que Manuel puede apreciar en su elegancia, su educación, sus modales, su casa... Seguro que tiene cientos de moscones, puede imaginárselos: forrados de dinero, engominados conductores de descapotables de color rojo y yates en el muelle deportivo.
Manuel últimamente no piensa en otra cosa que no sea la preciosa prostituta a la que visita una vez a la semana, por la que está loco perdido. Pero se siente poca cosa, le teme al deprecio, al desdén, al ridículo. Se siente miserable con su trabajo de mierda en la gestoría, un hombre gris, sin aspiraciones, con una vida anodina, un pasado aburrido y un futuro sin horizontes.
Manuel llegó desde la Península, hace años; tenía sueños, planes, ilusiónes, ideas… Todo ello se fue olvidando poco a poco, a medida que su vida se iba haciendo más cómoda. El sueldo fijo, el trabajo, la casa, la hipoteca, el coche… le fueron sumergiendo en la sociedad a la que un día había detestado, de la que se encuentra empapado, y que le empieza a ahogar. Cualquiera diría que la vida le sonríe: un buen sueldo con el que vivir holgado, su utilitario, su propio piso… No: para Manuel la felicidad consiste en otra cosa, aunque nunca da un paso: sigue arrastrado por la corriente, nunca se decide, no se atreve.
Hasta que conoció a la hetaira Anita. Ella le ha dado la vuelta a todo, le ha hecho reaccionar, ahora la sangre hierve de nuevo en sus venas. Baja las escaleras despacio, deslizando su mano por la baranda. Una lágrima de soledad y tristeza se desliza por su mejilla. Soledad y tristeza, pero también rabia, coraje consigo mismo. El momento mas triste es cuando saca el dinero del bolsillo de su americana, y sin contarlo se lo ofrece a Anita. En eso queda todo: una transacción, una compraventa.



Anita ya no recibe a ningún cliente los sábados: espera por Manuel. Y Manuel, puntual, todos los sábados toca el pulsador del portero automático exactamente a las diez de la noche, con un fajito de billetes en el bolsillo interior de la chaqueta.